lunes, 10 de agosto de 2009

"La soledad era esto", de Juan José Millás


La novela de Juan José Millás, “La soledad era esto” (1990) llegó a mis manos por una de esas curiosas circunstancias que explican la vida de los bibliómanos.  Estaba con mis amigos Hilda y Pedro, quienes tienen una generosa biblioteca en riguroso desmadre—según sus propias palabras—lo cual significa simplemente que los libros en los estantes no están acomodados bajo ningún criterio, así que esa biblioteca es como entrar a un jardín de delicias, donde puede uno encontrarse cualquier grata sorpresa en cualquier momento y a veces por partida doble o triple, pues a Hilda y a Pedro se les olvida lo que hay en su biblioteca y como buenos cronopios se van a las librerías y se topan con ese libro que siempre quisieron y lo compran con la alegría de la primera vez y luego—usualmente soy yo quien se los hace notar—se dan cuenta que ese libro ya había sido deseado con anterioridad y que ese deseo ya había sido gratificado. En fin, de “La soledad era esto” había tres copias en su casa, y me regalaron una.

            Si hubiera que resumir esta novela en una palabra,  usaría “dolencia”.   Más que la claridad clínica que se asocia con la enfermedad, “La soledad” se refiere a una serie de dolencias que parecen venir en principio del organismo de la protagonista, Helena Rascón, pero que poco a poco se revelan como algo que surge de la forma de vida –materialmente hablamos de una clase media urbana española—de la pobre calidad de las relaciones humanas, de la sensación de vacío en medio de del bienestar.  Helena padece un mal que nadie ha logrado diagnosticar claramente, y que se manifiesta en un estado permanente de ansiedad, en la necesidad constante de “hacer salir” cosas de su cuerpo, sea por sensaciones de suciedad,  sea por afeitarse los pies, pero principalmente por urgencias como defecar, vomitar o hiperventilar.   El cuerpo,  los misterios que se manifiestan a través del cuerpo, le indican a Helena y a los lectores la inminencia de un cambio al nivel de las relaciones humanas.  Y esa transformación va ocurriendo en la intimidad—y la soledad—del hogar citadino, sitio que parece significar a la vez reclusión y espacio de transformación. 

Lo paradójico de Helena es que su proceso de curación requiere al final de  un testigo exterior, por lo que  contrata a un detective.  Este personaje tiene la misión de reportar sobre una Helena que se desplaza por la ciudad (lo social en contraposición al hogar como espacio privado, de secretos y transformaciones), y luego, a través de correcciones a  sus informes , crear una ficción sobre Helena y sus relaciones afectivas, no tanto basada en la realidad que observa,  sino en una idea de verosimilitud que sea coherente con lo que su cliente quiera oír.   Así las cosas,  los informes del detective ya no son tales,  sino cuentos sobre la vida de esa mujer a la que sigue; ya no es un texto motivado por la motivación de conocer las posibles infidelidades del marido,  sino un ficción sobre Helena.

Leer “La soledad”  puede remitirnos a  otras obras  en las que las dolencias son metáforas sociales o existenciales. “Lo Prohibido” de Benito Pérez Galdós, usaba la enfermedad para el enfrentamiento de las viejas clases sociales españolas de finales del siglo XIX con el nuevo orden político y económico,  el capitalismo que se iba imponiendo en las ciudades a través del consumo.   Otro ejemplo, quizás más noble por la actitud de los personajes, es  “La muerte de Iván Illich”,  de Tólstoi.   

            Aunque no soy entusiasta de este realismo urbano clasemediero—que me recuerda la cansina literatura de suburbio gringa—Millás tiene la habilidad de crear su drama a partir de elementos muy sencillos, de una escritura limpia y distinta que va metiendo al lector poco a poco por los senderos que desea explorar.  Vale la pena.

sábado, 8 de agosto de 2009

Road Trip Westminster-New Orleans

Entre el 19  de junio y el 19 de julio he recorrido unos ocho mil quinientos kilómetros a lo largo y ancho de los Estados Unidos.  Tres circunstancias afortunadas se dieron:  la primera, mi regreso definitivo a New Orleans, el único sitio en este país que aún considero mi hogar;  la segunda, el matrimonio de Martín Sancho, un amigo entrañable que vive en California; la tercera, la visita de Diego Mora, poeta aventurero a quien la idea de echarse a rodar desde el Golfo de México hasta la costa del Pacífico le sonó atractiva. Hay épocas para todo, y la de los viajes con agenda vaga parece estar anclada en la juventud.  Conforme se acumulan los años uno se dedica más y más a alimentar temores falsos y verdaderos, le duelen más los huesos y hasta cambia la noción de tiempo, que deja de ser un horizonte limpio e ilimitado para convertirse en una pila de compartimentos que deben ser llenados rigurosamente.  Pero entre toda la maraña de la vida cotidiana, un road trip fue para mí un sueño a la espera de realizarse.

La primera etapa tuvo rumbo sur, desde Westminster, Maryland, hasta New Orleans, Louisiana. El camino más directo me tomaría dos jornadas, conduciendo unas nueve horas y media por día.  Decidí hacerlo en tres, aunque una tormenta en Tennessee hizo que al final fueran cuatro. Llevaba todo lo necesario para documentar el viaje—grabadora de audio, videocámara, cámara fotográfica, muchas libretas—pero al final decidí simplemente vivir la experiencia, y dejar que la memoria inventara sus propios recuerdos. De todas maneras, no hay nada como dejar que la experiencia se presente en su estado más puro, en un aquí y ahora inefable, libre al punto de escaparse e incluso perderse sin dejar rastro alguno.  Documentar cuanto pase tiene su lado arrogante, es agregarle un valor a lo que simplemente sucede.

              Yo había entregado ya mi apartamento en el noroeste de Baltimore, pero necesitaba quedarme al menos un día más para finiquitar asuntos.  Dejaba el lado más occidental de Mount Washington,  un barrio informalmente dividido en varias secciones.  Hacia el este, restaurantes, parques hermosos y casas antiguas entre bosques. Luego estaban los judíos ortodoxos,  y más al oeste, en lo más pobre, se difuminaban las fronteras en un área de clase obrera con judíos de lo que fuera la Unión Soviética y sus satélites—y cuya lingua franca era el ruso, no el inglés—negros y la nueva inmigración latina.

La noche antes de partir de Westminster la pasé en casa de A., mi amiga más querida en esa región.  Ella preparó una cena de pasta y cerveza, nos fumamos un porro con hierba demasiado vieja y seca y hablamos mucho sobre la próxima vez que nos encontraríamos.   En esa ciudad trabajé por tres años, aprendí que existen cuatro estaciones al año y vi, como en una especie de alucinación, los celajes de febrero proyectados en una colina cubierta de nieve.   Me junté, por ejemplo, con gente devota del blue grass,  supe que la persecución a los migrantes latinos puede ser más intensa en un pequeño pueblo de lo que uno se imagina, pero que la solidaridad también es capaz de manifestarse en toda su fuerza.  Nunca vi un fantasma, sin embargo sabía que por esos campos tan verdes se enfrentaron tropas del Norte y del Sur, que hubo hospitales improvisados y fosas comunes. 

Salí temprano de un Westminster lluvioso, sin nostalgia alguna, pero tampoco con amargura.  Mis años en Baltimore fueron raros, de un aprendizaje en las artes de la soledad que aún no he asimilado por completo.  Nunca debí haberme sentido mal entre la abundante belleza natural de la región,  pero una de las contradicciones del espíritu humano es que no toda la belleza le sienta bien.  Maryland ofrece tantas posibilidades para el disfrute del campo, de las montañas, de ríos impecables.  Yo, sin embargo, me seguí metiendo a los barrios  silenciosos y amenazantes que tan bien han retratado en la serie The Wire;  intenté comprender la lógica de un espacio urbano como Baltimore—donde la primera seña de identidad la marca el barrio donde naciste—y me perdí hasta el agotamiento en las complejidades de Washington D.C.,  donde los mayores desplantes de poder no pueden ocultar la presencia de los mendigos,  y donde el centro político del mundo se encuentra rodeado de barrios pobres de negros y latinos.

            Salí un sábado muy de mañana para aprovechar el día.  Aún así el tráfico me obligó a cruzar lentamente el área de Washington D.C.  y el norte de Virginia hasta Richmond.  Demasiada gente en esta parte del país,  tantos vehículos que ni las autopistas de cuatro carriles dan abasto.  Uno debe prepararse como si emprendiera una expedición especialmente complicada,  pues ha de estar alerta a la salida correcta, a los límites de velocidad, a los cambios de carriles y a esos cientos de mundos encapsulados que te rodean,  cada quien protegido por la estructura de su auto, haciendo la vida mientras se avanza y se avanza, a veces apenas unos metros cada cinco, diez minutos.  Las supercarreteras, como  los aeropuertos,  son  imponentes obras de ingeniería cuya operación depende de un delicado equilibrio.  En el corredor que va desde Virginia hasta el extremo este de Baltimore (en dirección a New York o Philadelphia) cualquier incidente puede provocar un colapso total de tramos larguísimos de la autopista. Yo lo he visto con carros descompuestos o accidentes menores,  y también con el hielo, la nieve, o incluso la lluvia.  Pocas semanas antes de partir hubo una madrugada de aguaceros, algo muy leve si pensamos en lo que significa llover en el trópico,  pero suficiente en esta área de Estados Unidos para inundar los pasos bajos los puentes y crear un caos que alargó la espera en los embotellamientos hasta en tres horas.  No en balde la gente sufre colapsos nerviosos mientras van en sus carros,  como le ha ocurrido a algunas de mis amistades. Tampoco es extraño que uno mismo se invente estrategias para dejar salir la tensión de estar en carretera.  La mía es muy simple: grito a todo pulmón.  No articulo palabra alguna, no pido nada;  solamente lanzo otro ruido al aire,  uno  que me sale de muy dentro y me alivia.

             Tomé la autopista hacia las montañas de Carolina del Norte.  Mi primera parada fue Chapel Hill, donde está la famosa University of North Carolina,  una institución poblada de reminiscencias de la época de la esclavitud y del difícil tránsito hacia lo que hoy son los Estados Unidos y en especial el Sur.  Ahí cené con unos ex estudiantes con quienes guardo relaciones de complicidad y afecto.  Chapel Hill es uno de esos college towns,  un centro urbano cuya razón de ser es la universidad, y por eso mismo está llena de tiendas de chucherías, barcitos, restaurantes baratos, y donde pululan causas políticas, culturales y, más recientemente, ambientales.   Es el único campus que conozco con un cementerio, el cual además tiene la particularidad de tener un área para los blancos y una para los negros.  Según R., mi estudiante, las autoridades universitarias han preferido mantener el camposanto segregado como un recuerdo de esa fractura social y ética que recorre este país.  Esa historia señaló mi regreso al Sur,  pues de ahí en adelante la tensión racial había de estar siempre presente.  La encontré en otras historias que poblaban el campus,  en los conjuntos escultóricos, en anécdotas sobre la corrección política y la irreverencia de la gente.

Chapel Hill, sin embargo, me dejó una bonita imagen cuando ya estaba a punto de irme a dormir tarde en la noche:  Unos recién casados que se paseaban en un rickshaw por la avenida principal del pueblo saludando a los noctámbulos.  La gente les correspondía con buenos deseos y alguno que otro con un brindis,  aunque fuera con copas imaginarias.

Al día siguiente pasé por Asheville, un pequeño pueblo de hippies viejos, progres jóvenes, artsy y cool, uno de esos lugares que parecen plantados a la fuerza en medio de un paisaje social y político que los contradice.  Hay pocos sitios similares en los Estados Unidos:  Madrid y Santa Fe en Nuevo México, New Orleans en Louisiana… Asheville está lleno de tienditas con artículos de todo el mundo,  librerías de viejo,  centros de meditación, ventas discos de vinilo, comida orgánica y turistas, muchos turistas, todos deambulando por las calles en busca de una experiencia.

Al atardecer llegué a Maryville, cerca de Knoxville en Tennessee, donde me esperaba G., un antiguo roommate con quien arreglé todos los males del mundo mientras tomábamos vino barato y comíamos carne. G. es fumador de habanos, conservador centrista—sí, sí existen conservadores orientados hacia el centro, así como hay liberales que parecen miembros del Partido Republicano—devoto de la cultura brasileña y del siglo XIX latinoamericano. Si he aprendido con alguien lo que significa ser tolerante con las ideas de otros, esa persona es G., pues nuestras diferencias ideológicas han ido con los años del choque frontal a la búsqueda de espacios comunes y al establecimiento de acuerdos de no agresión.  

Con él fui a recorrer uno de los parques nacionales de las Smoky Mountains.  Demasiados visitantes,  demasiadas fotos con esas cimas azulosas de fondo, demasiada ansiedad de la gente cada vez que aparecía un venado a lo lejos, demasiados recuerditos a la venta en la tienda del parque.  Ir a los parques nacionales requiere tiempo y preparación,  demanda tomar un sendero lejos de donde los turistas de un día nos reunimos y  plantar una tienda para pasar la noche a la espera de un signo que puede venir en algo tan simple como un olor,  o en el ángulo de la luz sobre los bosques.  Pero yo no guardo foto alguna de esos momentos en los que la naturaleza se comunica con vos. No se puede fotografiar lo inasible.

El último día manejé por el norte de Alabama, Mississippi—hasta llegar cerca de Jackson, la capital—y el este de Louisiana. Esos recorridos de tantas horas te permiten reflexionar, desesperarte, ir de paisaje a paisaje mientras se avanza. Al fin estaba en el Sur Profundo, el mítico espacio de Faulkner, Welty, McCullers, Percy, Kennedy-Toole...  Al fin llegaba a casa, aunque en términos reales estaba llegando a un apartamento vacío en la esquina de Hillary y Benjamin, donde unas pocas semanas antes hubo dos tiroteos que las autoridades aún no habían podido resolver…

miércoles, 29 de julio de 2009

A Cincinnati State of Mind

Somos bastantes. Más de mil en buenas épocas, ochocientos y tantos ahora que la crisis económica ha empezado a debilitar los presupuestos estatales para educación, así como el ingreso de las familias.  Si las cosas siguen tan mal como se pronostica, probablemente en el 2010 seremos aún menos. 

Llegamos un martes de todas partes de los Estados Unidos—he conocido gente incluso de Alaska—y de algunos países de habla hispana—Perú,  España, Argentina.  Trabajamos ininterrumpidamente por una semana, luego volvemos a dispersarnos hasta la próxima convocatoria. De algunos no sabremos en todo el año, y cuando nos encontremos de nuevo miraremos disimuladamente  el gafete que por obligación se debe portar para no meter la pata con los nombres y ojalá tampoco con las historias que nos han contado y que debemos recordar.  Somos los AP-Readers, ese pequeño ejército que disciplinadamente trabaja ocho horas por día,  exactamente siete días,  calificando exámenes de español.  Unos, los más privilegiados, estarán en literatura;  otros en ensayos; la gran masa en producción oral.  Los estudiantes de secundaria toman los AP-Tests con la esperanza de eximirse de ciertos cursos cuando empiecen la universidad.  Si su desempeño es muy bueno podrán transferir créditos y con ello disminuir el número de años de estudio y, por supuesto, ahorrar dinero.  Porque estudiar en Estado Unidos es caro, quizás donde menos lo sea es California, pero en lugares como Maryland, por ejemplo, asistir a una universidad pública como UMD cuesta alrededor de $13.000 por año. Si el bolsillo, las becas y los préstamos lo permiten, se puede ir a una institución privada, que puede costar entre $30 y $60 mil, dependiendo de muchos factores, incluyendo el pedigrí académico.

Durante muchos años la cita anual de los AP-Readers se realizó  en San Antonio, Texas, un lugar que a casi todos los participantes complacía por su historia, su sabor latino y por el río con sus cafecitos, restaurantes y tiendas repletas de curiosidades.  Pero desde el 2008 la organización que convoca a los readers ha buscado una nueva sede. Así el año pasado fue Louisville, en Kentucky, ciudad famosa por ser la cuna de las cadenas de pollo frito, por sus carreras de caballos y su fábrica de legendarios bates de béisbol.  El asunto no marchó bien, y para este junio nos llamaron a Cincinnati, en el estado de Ohio.

            A Cincinnati se llega llega vía Kentucky, a un aeropuerto donde aterrizan sobre todo pequeños aviones de unos sesenta pasajeros.   Una vez que se ha cruzado el río Ohio, uno encuentra el centro de convenciones y un típico downtown en fuga, es decir mezcla de lo viejo y lo nuevo, del abandono y la promesa de recobrar un símbolo de viejas glorias.  Hay en Cincinnati una tienda Sacks-Fifth Avenue,  una Macy’s casi sin clientes, hoteles, torres de distintas compañías, mendigos a granel, bares gay demasiado discretos, un museo, una tienda de juguetes para adultos, un estadio de béisbol, una fuente antigua, edificios sellados, estacionamientos enormes, cantinas para quienes desean aliviar el tedio de la oficina, los restos calcinados de lo que probablemente fue un almacén interesante y la última parada de  varias líneas de autobuses.  No muy lejos, paralelo al río, empieza el barrio negro,  the Hood,  pero la gente te recomienda discretamente que no te aventurés ahí.

            Durante la semana de los AP-Tests, sin embargo, Cincinnati se convierte en algo más,  pues los casi novecientos readers toman el área aledaña a su hotel, curiosean la oferta cultural y culinaria de la ciudad y se encuentran. Ignoro si la mayoría somos latinos, pero me gustaría pensarlo así.  De no ser cierto,  somos al menos los ruidosos, los visibles.  Cada noche hay una peña donde se canta el repertorio previsible de la vieja bohemia—ciertos valses, ciertos boleros, rancheras,  nada muy provocativo ni reciente—hasta podría decirse que son las mismas canciones todos los años,  aquéllas que plenamente se han ganado el honor de ser consideradas “clásicos”,  diría mi amigo Jesús, aunque yo más bien he llegado a concluir  que se canta lo que se sepa quien toca la guitarra o el piano.  Las peñas se matizan con abundante comida y alcohol comprado en las licorerías de chinos de por ahí cerca y duran hasta pasada la medianoche, cuando el sentido del deber les recuerda a los asistentes que a la mañana siguiente hay que estar otra vez sentado ante una grabadora de cinta o una computadora escuchando un diálogo entre el estudiante y un supuesto amigo sobre una salida juntos, o una presentación oral  en la que el estudiante debe comparar las opiniones de dos expertos sobre la salud del idioma español.

            Pero el fin de la peña—en ocasiones tomada por impertinentes jóvenes que cantan canciones recientes, de esas que la mayoría de los asistentes habituales no se saben, o se atreven con la poesía o con absurdos como imitar artistas que no pertenecen al canon popular—no significa el de la noche.  Los AP-Tests convocan también otros placeres, otras curiosidades.  Se forman parejas de amantes cuyas aventuras se circunscriben al límite de siete intensos días;  se experimenta con el cuerpo o con las confesiones, pues tal vez esa nueva persona en nuestra vida nunca más vuelva a cruzarse con nosotros… Por ello a muchas habitaciones no se llega sino hasta bien entrada la madrugada, y a veces la excitación es mayor que el cansancio y ello provoca largas conversaciones entre viejos amigos o incluso entre perfectos desconocidos.


Los AP-Tests han sido para mí también el punto de reunión con mis conexiones caribeñas,  mis amigos de Puerto Rico y Cuba, sobre todo.  Llegan Jesús, Morbila, Teresita, Mani, Cecilia, José, Lianny…  Aparece otra gente,  que entra y sale de escena, que nos busca mientras nosotros nos contamos la vida nueva y nos descubrimos en los viejos trucos.   Comemos juntos, salimos a los bares,  me pongo al día con los giros y el acento cubano y ellos me preguntan por una Costa Rica que les resulta más una abstracción que un destino concreto;  un lugar al que prometen ir aunque pienso que nunca lo harán.  También con ellos repaso el proceso de hacerse americano,  un tema espinoso pero siempre presente.  Y en cierto modo Cincinnati es el sitio ideal para sentir ese proceso,  pues  America no es el imaginario que han impuesto Nueva York o DC,  no es Univisión ni los gigantescos malls de Miami.  America  se parece más al downtown de Cincinnati con su aire neutro,  casi indiferente ante los recién llegados, con el art-deco del Netherland-Plaza hotel, con  la plaza de la fuente, que compite por atención con la publicidad del equipo de béisbol local.  America como amalgama, tolerancia en tensión o invisibilidad.  País en español e inglés, pero también poblado de otros idiomas, eficiente de cara al día, pero perezoso si uno se lo permite.  Sociedad que nunca se detiene ni te espera. 

            Como otros años, esta vez en Cincinnati, nos sentamos cientos de personas a escuchar el español de las nuevas generaciones. El sesenta por cierto de los estudiantes que toman el test son de origen hispano y  sentido de pertenencia con esta America es muy distinta a la nuestra.  Escuchamos sus giros idiomáticos,  sus acentos, su relación con el  presente anglo y el pasado que habla de Argentina o México o Guatemala.  Después de las cinco de la tarde,  los readers nos escuchamos entre nosotros. Y es a través de tantas voces que se va creando ese otro país, no como algo físico sino más bien como un concepto, o una abstracción,  o un state of mind.

lunes, 8 de junio de 2009

Ellen Degeneres en Tulane


Ellen Degeneres dio el discurso de graduación de este año en Tulane.  No se lo pueden perder!

Comida versus nutrientes


Hay libros que uno lee solamente por insistencia de los amigos,  por sus vehementes comentarios, y porque terminan poniéndote un ejemplar en las manos con la advertencia de que muy pronto tendrás que pasar un examen oral sobre forma  y contenido, y que Dios te ayude si no lo aprobás.  Bueno, no todas las recomendaciones son exactamente así, pero hay algunas que asumen formas muy curiosas y hasta extremas.

Quienes me sugirieron “In Defense of Food”,  del periodista Michael Pollan, han decidido llevar a la práctica cuanto puedan para comer mejor.  Ahora en su casa todo es orgánico y ya no sirven el arroz blanco de siempre sino uno al que no se le ha quitado la cascarita, y que aparte de un color oscuro tiene un sabor un poco extraño, no necesariamente a arroz. Ellos también quieren sembrar su propia huerta, utilizando un abono hecho a partir de desperdicios, como recuerdo lo hacía mi abuelo cuando yo era niño.  Han puesto el abono en un pequeño balde que al abrirlo suelta un olor penetrante y muchos insectos, sobre todo moscas. Con mucha más demora va el proyecto de hornear su propio pan, y mientras tanto han dejado de comprar pan empacado mientras que el de panadería—un lujo en los Estados Unidos—pasa por rigurosa inspección.

            Libros como el de Pollan gravitan peligrosamente entre dos categorías,  la del ensayo—una de mis favoritas—y la de autoayuda, la cual considero una de las pestes que mi esnobismo menos puede soportar.  Apoyo mi razonamiento en lo siguiente: 1) Los libros de autoayuda parten del hecho de que todos los fenómenos de la vida y las pasiones humanas pueden ser categorizados y descritos at nauseam, sin espacio para la originalidad o la improvisación; 2)  tienen un substrato ideológico ultraconservador,  pues presumen que existen una normalidad y desvíos de esa normalidad, y por esa razón primero desarrollan un argumento binario normal/anormal y luego le recomiendan a los lectores desesperados cómo “corregir” sus desviaciones;  en otras palabras parten del hecho de que el mundo es como debe ser y las disidencias no son tales sino desajustes individuales (por lo tanto sólo el individuo puede volver al camino ya trazado); 3) diría el filósofo español José A. Marina que para que un libro de autoayuda sea efectivo se requiere fundamentalmente voluntad individual para cambiar, pero a la vez si ya se tiene esa voluntad (por algo la persona está dedicada a la lectura de sus culpas y las alternativas de redención) no hay necesidad de leer tal libro…

            La primera parte de “In Defense of  Food” traza un panorama muy negativo de la industria alimentaria en Los Estados Unidos y sus consecuencias a nivel de la salud.  Pollan hace una propuesta sugestiva en el sentido de que las sociedades modernas han desplazado el concepto de comida por el concepto de alimento.  “Comida” es integral, cada una de las cosas que servimos en la mesa se constituye en un todo con múltiples ventajas y mínimos inconvenientes para nuestro organismo.  Pollan se refiere a los componentes bioquímicos, el misterio de la absorción de la comida por el cuerpo humano...  No olvida—y ese detalle me agrada mucho—que comer significa también un acto social y cultural, con sus tiempos,  sus ritos,  sus significados privados, locales, y al mismo tiempo universales.   Pero la sociedad contemporánea,  principalmente a partir de los setentas, ha perdido el rumbo. Ya se consume comida sino “nutrientes”. En ese sentido, una lechuga deja de ser tal, pierde su unidad,  porque la ciencia de alimentos la ve como un conjunto de componentes que se pueden aislar con objetivos diversos. El más claro de esos propósitos es hacerse de los nutrientes e industrializarlos en productos de consumo masivo, muy baratos, o buscar substitutos que permitan maximizar las ganancias de las empresas.  Pollan discute cómo la industria alimentaria ha cabildeado para que las autoridades de salud emitan normas que rehuyan un lenguaje directo y explícito, de tal forma que la legislación sobre alimentos sea suficientemente vaga  para beneficiar a las empresas.  En conclusión, hemos dejado la comida por los nutrientes.            

En Estados Unidos primero, luego en el mundo, la comida desaparece de las mesas, dando paso a nutrientes agregados industrialmente, a químicos que prometen un efecto principal pero callan (o desconocen) los colaterales.  Pollan hace un interesante análisis del deterioro en términos reales de los índices de salud en EE.UU. o de la falsa relación entre los nutrientes artificiales y el bienestar general de una sociedad. Su análisis es, en muchos sentidos, una deconstrucción del lenguaje del consumo, aunque no lo manifieste explícitamente.  Por otra parte, su libro menciona el efecto económico de las transformaciones en los hábitos de comer, pero evita hacer una crítica fuerte de ese aparato productivo.  Así consigue hacer un rodeo para no ensuciarse las manos con problemas peliagudos pero a la vez deja las cosas en un limbo,  como si la basura que estamos comiendo hoy fuera algo que simplemente ha pasado, independiente de un contexto histórico y político.

            El panorama al final de esta primera parte de “In Defense of Food” es muy desalentador.  Pareciera que los consumidores estamos en un callejón sin salida, pues tanto en el supermercado como en los restaurantes nos acechan productos altamente procesados,  los cuales pueden cancerígenos o dañinos para el corazón u otros órganos. Lo natural cada vez ocupa menos espacio en las góndolas de los supermercados, mientras lo de origen industrial va tomando su lugar.  Hay algunas soluciones parciales, como la comida orgánica—no es perfecta, pero es menos mala—o las cooperativas locales que existen a lo largo del país.  También los mercaditos de productores,  reunidos en los llamados “Farmers Markets”,  o lo que ofrecen comunidades más tradicionales como los amish. Estas alternativas, sin embargo, resultan a insuficientes por razones de costo o porque rompen con la lógica de la “productividad social”.  Pienso como ejemplo en los mercaditos de New Orleans, que abren los martes cuando todos estamos en la oficina, o el caso de los amish, quienes por razones religiosas no trabajan los domingos. 

            Quizás para darle a su libro un final no tan pesimista, Pollan cae en la tentación de ofrecer listas de  soluciones—haga su propia huerta, no coma lo que usted no pueda describir, explicar o entender;  cocine lo que su bisabuela cocinaría.  Se enreda lamentablemente en  los cables de la autoayuda. Algunas de esas salidas son absurdas o a todas luces irrealizables para quienes viven en la ciudad, tienen horarios de trabajo “a lo gringo” o simplemente no pueden permitirse gastar más dinero en alimentos especiales. 

Hay tras las recomendaciones de Pollan un llamado a un cambio cultural, lo cual es costoso y poco factible en el corto o mediano plazo.  Eso sí, uno puede confabularse con sus amigos o familiares para comer mejor, pero a sabiendas de que apenas se puede aliviar un problema que nos excede.  De todas maneras vale la pena intentarlo.

(Este artículo fue originalmente publicado en "Otrolunes" el 8 de junio de 2009)

miércoles, 3 de junio de 2009

Tiananmen, Morelia


Pekín, junio de 1989, las protestas estudiantiles se reprimen a sangre y fuego. La noticia de la matanza en la plaza de Tiananmen circula por el mundo casi como un rumor, aunque hay una foto de un joven agitando los brazos—creo—ante un tanque que avanza y avanza.

Morelia, noviembre de 1990, un oscuro escritor costarricense termina en un encuentro de escritores. Al hacer trámites en el consulado mexicano el funcionario lo ha tratado con ironía. Usted debe ser muy famoso en México, le ha dicho, porque invitarlo a este evento…  Las cosas, bien se sabe, son diferentes.  Alguien conocido en México no puede asistir a la cita de Morelia y ha soltado el nombre del oscuro escritor cuando se le ha pedido una recomendación. Azares y afectos también mueven el mundo.

Luego de unos recitales en ciudad de México, el grupo se embarca a Morelia.  Senel Paz acaba de ganar el premio Juan Rulfo.  Sergio Pitol le cuenta al oscuro costarricense sobre una mujer que conoció muchos años atrás.  Se llamaba Yolanda Oreamuno.  La recuerda porque no es común encontrarse costarricenses perdidos en otros países.  En una foto tomada en lo que podría ser un convento aparece el oscuro escritor,  por supuesto, con Pedro Ángel Palou,  Ana Lydia Vega y Luis Britto García.  

En el congreso se puede hallar gente de todo el mundo, estrellas literarias que el escritorcito no conoce. Entre ellas dos poetas chinos.  Veinte años después el costarricense los recuerda gordos, oficiales, como copias de Mao.  Es casi obligatorio asistir al recital de los chinos.  Hay mucha expectativa en el ambiente, y los poetas oficiales la honran: Leen su obra, se escudan tras la fortaleza del idioma chino y no hablan más de lo debido. La palabra Tiananmen no se pronuncia. ¿A cuenta de qué? ¿Acaso existe en la historia oficial? ¿Acaso la memoria del poder percibe el olor de la sangre?  Por unos minutos en Morelia la literatura se ha vaciado de contenido, se ha vuelto una máscara. En el silencio confirma su complicidad con el crimen. 

Junto a los poetas oficiales su traductor al español es apenas un chico desmirriado y muy risueño. Tiene un fuerte acento mexicano cuando traduce a sus compatriotas. Una vez que éstos han terminado su lectura, el traductor le pide permiso al público para recitar su propia poesía—antes, aclara, ha sido honrado con el permiso de sus camaradas. El atrevimiento es recibido con mucha simpatía,  una travesura de alguien que se siente protegido por las afinidades con la cultura mexicana y el español.  No lee, quizás para no dejar evidencia que algún enemigo pueda utilizar en su contra más tarde. Empieza a reconstruir la matanza, a  recordar a los jóvenes asesinados. Se apasiona,  se revela a versos mientras los poetas oficiales miran a ninguna parte, sin entender ni una palabra—presumimos los asistentes.  El público aplaude,  grita, aúlla, ama a ese chiquillo que aparece en el programa como un apéndice de los poetas-voces oficiales de China.  En apenas un puñado de minutos, el traductor convertido en poeta y en la memoria de su gente y de todos nosotros ha llenado de vida el recinto.

            Desde entonces Tiananmen ha perseguido al oscuro escritor costarricense. No es la plaza Tiananmen de la experiencia, no es la verdad, sino una voz liberada entre los muros de piedra de Morelia.

martes, 2 de junio de 2009

"Moriré, pero mi memoria sobrevivirá"


Para los aficionados a las novelas  de detectives, Henning Mankell es uno de sus autores contemporáneos de referencia.  Punta de lanza del llamado noir nórdico, Mankell ha explorado Suecia y sus contradicciones,  haciendo la crítica de una sociedad que por mucho tiempo se tomó como el modelo al que se debía aspirar—calidad de vida, tranquilidad, progreso...  pero que alimenta de una violencia oculta tras las instituciones que lo ha acreditado como el país perfecto.

Mankell también dirige el teatro nacional de Maputo, en Mozambique, donde  pasa seis meses del año.  Su conocimiento de África es, por lo tanto, de primera mano, y su escritura sobre el continente se produce desde adentro, desde posturas bastante anticolonialistas.  “Moriré, pero mi memoria sobrevivirá”  es un corto ensayo sobre la epidemia del sida en África y en especial sobre un programa que provee a los enfermos—terminales no por lo avanzado de la enfermedad sino por la imposibilidad de recibir atención médica adecuada; mientras que en otras partes del mundo el sida ha pasado a ser un mal crónico, en África el mero contagio se traduce de inmediato en una condena a muerte—de lo que se llama “memory books”,  unos cuadernos donde las personas pueden dejar mensajes o recuerdos a quienes les sobrevivan, en su mayoría hijos e hijas.  El gesto de escribir o ilustrar o simplemente de tener la oportunidad de expresarse de cualquier modo es una forma de catarsis para las personas afectadas por el sida.  No va a mejorar su salud, tampoco va a convertirse en un testimonio para que gentes de otros confines conozcan y se conmuevan—como en América Latina, la marginalidad se muestra por distintos frentes, sean estos la pobreza, el color de la piel, el analfabetismo o la enfermedad. Los “memory books” son una forma de herencia intima, pero sobre todo un gesto de aceptación del proceso de muerte.

África en la escritura de Mankell es un espacio históricamente jodido y condenado a padecer aún más por la negligencia y ambición de Occidente. Tras un pasado colonial  que ha determinado las relaciones Europa-África,  la epidemia del sida  se convierte en su perpetuación,  pues Europa ayuda según sus modelos,  sin hacer mucho esfuerzo por entender las culturas locales o cómo ciertos comportamientos “poco civilizados y risibles”  son realmente expresiones de un colonialismo aún latente.  África tiene, además, el futuro marcado por la destrucción económica—las personas en edad productiva son las que están muriendo—y por la orfandad; es un continente lleno de niños que al quedarse huérfanos tan pronto en sus vidas asumen responsabilidades  para las que no están preparados o quedan expuestos a retos sin tener  adultos que les sirvan de modelos y sin apoyo afectivo.  En este contexto, el sida es más bien un síntoma de males mayores,  como el colonialismo y el abandono, cuyo gran responsable  es  Occidente. La tragedia africana es un campo de batalla humanitario,  desvirtuado por intereses políticos, religiosos, económicos e ideológicos.  En una relectura de la historia de la propagación del sida, Mankell retrata a Europa y Estados Unidos como los grandes transmisores del mal.

            Yo llegué a este texto por varias razones personales.  Mankell es la menor de ellas, pero también juega un rol.  El tema de la pandemia del sida es más relevante para mí, sin embargo lo que más me atrajo fueron las conexiones entre enfermedad y memoria, entre subalternidad y voz, entre escritura—sea como sea esa escritura—y catarsis.  Me sorprendió el hecho de que se recurriera a cuadernos para dejar testimonio de lo que le ocurre a la población africana en lugar de archivos de voz,  en especial al considerar el alto nivel de analfabetismo en el continente.  Para explicar esa decisión puede haber varias razones,  desde técnicas hasta el hecho de que el  “memory book” queda en manos del enfermo para que haga con él lo que quiera o pueda. Es un objeto personal, privado cuyo producto final quedará igualmente en ese ámbito.