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sábado, 11 de agosto de 2012

Chavela Vargas y el mito del expatriado

El reciente fallecimiento de Chavela Vargas ha traído de nuevo a la palestra el mito del expatriado. En las redes sociales se han mezclado las muestras de afecto con el desdén, la admiración con la más absoluta—y en casos hasta clasista—descalificación. Lo mismo podría decirse de los comentarios a las informaciones aparecidas en los diarios. Lo curioso del caso es la reacción en otros países, no cualesquiera sino aquellos que constituyen los centros culturales en los que Costa Rica se mira: España y México. Aún más, se podría incluir Estados Unidos, donde la prestigiosa cadena NPR (National Public Radio) dedicó una elogiosa nota a la cantante al día siguiente a la muerte. Resulta entonces curioso ver como mientras Costa Rica se divide entre el afecto y el rechazo a nivel internacional se vive un duelo por la pérdida de quien es considerada una referencia cultural y social única. Personalmente le guardo simpatía a Chavela Vargas, pues me gusta su música, su leyenda y su persona pública. Creo que se ha ido sin revelar mucho de su vida, pues aunque fue una bocona se cuidó a la vez de ser discreta y sobre todo leal a sus amigos. Sus memorias Y si quieres saber de mi pasado (2002) dejaban muchas interrogantes a modo de revelaciones a medio anunciar. He lamentado esa actitud, sobre todo porque Chavela conoció desde adentro el medio artístico e intelectual mexicano de mediados del siglo XX y, más importante todavía, el mundo lésbico con sus redes de solidaridad que—me atrevo a sugerir—le ayudaron a abrirse camino a inicios de su carrera. Sin embargo esa valiosa información se la ha llevado Chavela a la tumba, quizás una de las últimas testigos de todo un entramado social que no se conoce aún lo suficiente. El acentuado sentimiento anti-costarricense parece habernos dejado solamente una herencia amarga. El país se ha quedado sin argumento para reclamarla suya. La misma nota de la radio pública americana señala que las últimas palabras de la cantante fueron "Me voy con México en mi corazón". Tendremos que confiar en la fuente de NPR, aunque la frase sea ideal para exacerbar nacionalismos en Costa Rica y México. ¿Estaría Chavela realmente meditando en México en su lecho de muerte? ¿Estamos ante el desprecio final de alguien que nunca quiso su lugar de origen? La afiliación nacional de Vargas es ciertamente ambigua, una mezcla de vivencias—la pobreza, la violencia intrafamiliar, la lesbofobia, pero también la consumación de un arte, la fama, el convertirse en referente cultural—con una actitud personal—la luchadora, la rebelde, la iconoclasta—y un fuerte sentido de supervivencia. Amar incondicionalmente a México pudo ser también una estrategia para llegar hasta donde llegó, un precio a pagar por representar un elemento esencial del ser mexicano. Diría que no se puede ser un clásico de la canción ranchera sin ser a la vez profundamente mexicano, y para alcanzar ese estatus no es posible proclamar alianzas a otro país. Ahora bien, ¿ser incondicional con México debía pasar por el odio a Costa Rica? Me lo pregunto porque a pesar de sus sentimientos Chavela seguía guardando algunos lazos afectivos con nuestro país. Por otra parte hay costarricenses que la conocimos en distintas circunstancias y Vargas, hasta donde sé, siempre se portó amable y generosa. Pero además, ¿acaso no es el rencor a un país una mera abstracción?, ¿un simple hablar paja o querer decir otra cosa? La mala leche de Chavela pudo estar enfocada a las autoridades que le negaron los espacios que ella quería para sus presentaciones, o a las élites que aún ahora pretenden sostener una estructura de alta y baja cultura. Odiar a un país entero, sin embargo, tiene mucho de pose y permite, por ejemplo, reafirmar por contrate lealtades nacionales: llevar a México en el corazón al momento del exhalar el último suspiro. Muchos migrantes han sufrido experiencias similares a las de Chavela o incluso peores, pues se han ido del lugar que no los quiere sin haber logrado plenamente sus sueños—por modestos que sean—en el país de acogida, ni han escapado a la desigualdad o la violencia. Sin embargo, tanto a nivel personal como social, no solamente han mantenido conexiones con sus pueblos de origen sino que han construido un imaginario donde tanto lo mejor como lo peor de sus vivencias y percepciones conviven en un equilibrio inestable. Expatriados como Chavela y otras fascinantes figuras costarricenses han cultivado de un modo u otro su propio mito. Y aunque sea bajo la sombra del odio, no se puede negar que Costa Rica siempre estuvo presente en sus vidas.

lunes, 4 de julio de 2011

Tu país hecho en China

Acaba de aparecer el número número de la revista Otrolunes, donde pueden leer mi columna, esta vez sobre las representaciones nacionales con sello "Made in China"

jueves, 26 de mayo de 2011

El Universitario

Tras su imagen de cambio lento y a las malas, la educación universitaria en Estados Unidos sufre un profundo cambio. Espero que este artículo sea una primera reflexión de una conversación importante sobre las nuevas generaciones, el papel de las universidades y nuestros conceptos de conocimiento.

La nostalgia y el mercado

En un mundo donde todo se vende, ¿cuál es el valor agregado de la nostalgia?

martes, 16 de febrero de 2010

Los premios nacionales y sus críticos

Este año la temporada de premios nacionales ha sido un poco más larga de lo normal. Aún la semana pasada aparecieron algunos artículos sobre el tema, todos muy breves, y es probable que gracias al inminente nombramiento de un nuevo ministro o ministra de Cultura la expectativa alcance para alimentar aún más la discusión.
Los comentarios giran básicamente alrededor de la idoneidad de los jurados de premios nacionales. Un gran número de dichos comentarios, desafortunadamente, no han pasado de la serruchada de piso. Unos pocos han tratado de arrojar nombres de autores significativos, o han reiterado la marginalidad de la literatura frente a otras actividades humanas o nos han recordado que los autores son sus obras, no sus premios. Sin embargo, en general queda un vacío importante a la hora de una reflexión de más profundidad: ¿Cuáles obras merecían el premio nacional? ¿Por qué? ¿Qué es eso nuevo que se está fraguando en Costa Rica?
En algún momento pensé que el problema central era el concepto en sí de premio nacional, pero quizás he estado equivocado. Me parece que hay consenso y alegría por los premios de periodismo y divulgación, por dar un ejemplo. Hace poco apareció un comentario sobre la importancia del premiado en música. Entonces los premios nacionales no son el problema, excepto en literatura, donde casi siempre se levantan ronchas y se queda mal. Claro que algunos jurados justifican sus decisiones con razonamientos muy débiles o con lugares comunes, pero también se les ha atacado porque “nadie los conoce”, un argumento igualmente débil a menos que las personas elegidas como jurados no hayan tenido ningún tipo de contacto con el medio literario local, sea como crítico o autor. ¿Pero se arreglarán las cosas con nuevos jurados? ¿Quiénes aportarían credibilidad a la hora de juzgar la producción literaria del país?
Algunas personas apuntan a la conformación de los jurados, pues hay representantes—hasta donde me acuerdo—de la Universidad de Costa Rica, la Universidad Nacional, la Editorial Costa Rica y la Asociación de Autores. ¿Pero quién garantiza que una conformación distinta va a representar a los nuevos grupos que se han ido formando en el país? Si en efecto la manera de relacionarse y discutir hacia dónde va la literatura costarricense se da por las redes sociales, ya no en los grupos gremiales de antaño, ¿tendrá un efecto positivo eliminar a los representantes de la Asociación de Autores o la ECR? Si las universidades públicas siguen siendo altas consumidoras de obra escrita en Costa Rica, ¿tiene sentido no incluirlas en los jurados?
Me parece que también hay otro tema de fondo: el estado como ente que legitima una obra. Los reclamos contra los jurados obvian ese importante detalle. Si la idea en boga desde hace ya bastantes años es romper con los paradigmas nacionales, si se ha hecho una literatura que busca oxigenar a sus creadores y lectores de una construcción de nación en crisis, quizás obsoleta, ¿no resulta paradójico esperar que el estado mismo acoja esas disidencias, aunque sea en la esfera tan limitada de los premios nacionales? Hay en Costa Rica otros premios cuyo valor simbólico pasa inadvertido para la mayoría: UNA-Palabra, ECR, Ancora, más recientemente el de la Academia de la Lengua. Pareciera entonces que el único galardón relevante es el Aquileo, que ha cambiado junto a la ideología de los grupos en el poder, permitiendo algunas aperturas pero también señalando el camino “correcto” a seguir. ¿Sería ingenuo pensar en una divergencia imposible de resolver entre los creadores—escritores en este caso—y un estado liberal en el plano económico pero muy conservador en sus valores? No tengo una respuesta definitiva al respecto, pero creo que los escritores debemos romper nuestras propias ataduras, considerar el Aquileo una opción—respetable, deseable, ¿por qué no?—pero no LA opción, como si nuestra posibilidad de existir como autores dependiera de él. Nos corresponde, también, hacer que nuestra literatura fluya, que llegue a la gente, sea dentro de Costa Rica o más allá.

sábado, 17 de octubre de 2009

Waltz with Bashir


Siempre he creído en el poder de los dibujos animados. Todos, de una forma u otra hemos crecido con personajes de dibujos animados como modelos. Hace ya mucho tiempo se estrenó en San José una película “erótica” llamada “Fritz el gato”, en la cual los felinos hacían mejor uso de su vida nocturna, bebían y consumían drogas –si mi memoria no me engaña—y tenían relaciones sexuales como cualquier persona. Si bien el atractivo de Fritz radicaba en el atrevimiento de mostrar gatos en roles que reflejaban muchos deseos humanos, su fracaso era, precisamente, que un gato puede ser erótico en sí mismo, pero no como el disfraz de un hombre o una mujer.

“Fritz el gato” fue la primera película animada para adultos que vi en mi vida. Realmente un hito porque en aquellos tiempos Disney era prácticamente el único productor constante de ese tipo de películas y sus historias y estética, con las salvedades ideológicas del caso, era predecibles y seguras. De hecho, uno de los ritos de paso a la adolescencia era rechazar esas películas, negar cualquier simpatía por la maquinaria Disney, jurar no poner un pie en ninguno de los parques y esconder en lugar seguro cualquier muñequito, revista u otro producto de los personajes disneyanos.

A la vuelta de muchas cosas ya puedo darme el lujo de amar los filmes de animación. No he visto nada de la factoría Disney en años simplemente porque no me interesa, aunque me he vuelto adicto a lo que producen en Pixar y a películas japonesas como las de Hayao Miyazaki. Una noche de éstas, por ejemplo, pude finalmente ver “Waltz with Bashir”, un documental animado del israelí Ari Folman sobre la invasión del sur de Líbano en 1982. La película reconstruye de los hechos, en especial la matanza de palestinos en los campos de Sabra y Chatila. Folman es el personaje central que indaga en los huecos de su propia memoria, para lo cual viaja en busca de testigos del lado israelí. Su descripción de los horrores de la guerra toma el punto de vista de los jóvenes soldados (19 años en su caso) que pasan a la vida adulta en conflictos que no entienden y de los cuales solamente procuran salir con vida. Ante la muerte, ante el absurdo de la guerra, al joven Folman le choca la indiferencia que halla en las ciudades cada vez que está de permiso. Atestigua desde una distancia el olvido inmediato de otros jóvenes israelíes y, por supuesto, de las mismas autoridades políticas y militares. Los palestinos se muestran en la película como seres anónimos, personas en constante desplazamiento, masacradas o sumidas en el terror.

¿Un documental animado? Sin entrar a las razones que pudo tener Folman me gustaría compartir las mías. Hay, por una parte, la facilidad de reconstruir un mundo ya desaparecido, del cual pocos quieren hablar y muchos se niegan a contestar. Por otra parte, la estética de la animación (contraste luz y sombra, colores, rostros) es en sí una toma de posición: no hay guerra luminosa, no hay heroísmos ni valentía que exaltar. Finalmente diría que el animado le ha permitido a Folman separarse de su tema, verse a sí mismo como un otro al cual examinar.

Vale la pena ver “Waltz with Bashir”, incluso para quienes no soportan una película sin final feliz.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Viaje y mito

Los road trips tienen sus mitos. Los que yo conozco vienen sobre todo de la literatura y el cine. Uno de los más comunes se refiere a la falta de control sobre el viaje o el destino en sentido amplio. Según este mito las vicisitudes del camino van erosionando esa certeza de saber adónde va el viajero hasta que finalmente se termina por rutas inesperadas y se arriba a nuevos lugares físicos, filosóficos o espirituales, a parajes fantásticos o pueblos donde aguardan el terror o la muerte. Hay un deseo de perderse para siempre—a veces hay incluso un monstruo o un secreto horrible que contribuye a concretar esa destrucción. Desgraciadamente, el road trip ocurre por rutas previamente pensadas. En un país como Estados Unidos, que da tan poco margen a la improvisación, tomar una carretera sin destino resulta poco razonable. Hay demasiada información, o alguien esperándote al final de la jornada; quizás las distancias tan largas son una advertencia de que no se puede andar de tonto por ahí. En el fondo, al menos en mi caso, hay una razón muy poderosa: la monotonía de las autopistas. Por lo general se recorren parajes uniformes, que te dicen muy poco de lo que pueda haber más allá. Usualmente se maneja “cerca de”, pero no necesariamente “en”, y la diferencia entre ambas situaciones puede ser un abismo. En ocasiones una valla de carretera te invita, o el nombre de un pueblo te sugiere que te detengás; en ocasiones la gasolina se acaba o el cuerpo te pide un descanso… El desvío te saca entonces de la seguridad de la autopista, pero la autopista se queda en tu mente, sea en los frecuentes rótulos que te indican dónde estás o en los navegadores cuyas voces electrónicas repiten con paciencia cómo volver a la vía principal, cómo no perderse.

Otro mito es la relación con los otros, pero a partir de una superioridad intelectual o material de los viajeros. Quien viaja va a observar, quien deja la seguridad de su casa se expone, aunque sea medianamente, a una otredad a la que se enfrenta con tres armas básicas: su intelecto, su tarjeta de crédito—en sitios más “primitivos” con dinero en efectivo—pero sobre todo con su actitud. Este es el viajero colonial. Aún sin proponérselo se sabe mejor que los otros; nunca tiene miedo o lo simula muy bien cuando aparece; toma notas para reportarles a sus pares los avatares del viaje—porque la falta de vicisitudes va contra la lógica de viajar, e igualmente pasa con el aburrimiento: ¿cómo puede ser uno un buen viajero si llegó a un sitio a aburrirse? Para narrar el viaje necesita también creer en de la importancia de la experiencia, o más bien de la universalidad de la experiencia individual, de otra forma quien narra un viaje no tendría una crónica sino un puñado de anécdotas que solamente algunos allegados soportarían escuchar o leer.

Un último mito es el carácter iniciático de (tomar el carro y) echarse a rodar. No necesariamente hay tal cosa: el viaje puede ser un paréntesis dentro del orden de la vida; se puede salir de él indemne, si se quiere, o totalmente transformado. ¿Pero quién va a admitir que no volvió tocado de un sueño? En el fondo el road trip no pasa de ser una experiencia interior, y por esa razón el vehículo adquiere dimensiones simbólicas. El carro deja de ser una máquina, se transforma en la evidencia del paso del tiempo y la distancia con sus descomposturas, el desorden que lo va tomando y la suciedad. Se va llenando de nuestros olores pero no acumula, como las paredes de las casas, secretos irrepetibles, sino que los va dejando atrás, milla tras milla. Si pienso en el estado de Doña Fina, mi carrillo blanco, la veo muy marcada por el viaje. Hay manchas nuevas en el tapiz de los muebles, algunas reconocibles como el chocolate de unos helados que se deshicieron apenas los probamos; otras son menos dicientes, como de sudor o de los dulces que el sol fue convirtiendo en una masa pegajosa. Doña Fina se fue llenando de cadáveres de mariposas y mosquitos, de caca de pájaro, de las entrañas de un par de animales que atropellamos en la ruta. Acumuló de polvo de varios desiertos y le han quedado huellas que parecen humanas, o al menos así las imagino. Por decirlo así, Doña Fina pasó su prueba iniciática.

El road trip es además una prueba de supervivencia y de convivencia. Dicen que quienes son capaces de estar juntos sin matarse por más de tres días han dado un paso importantísimo en la labor de crear un vínculo. Bueno, D. y yo estuvimos juntos por dos semanas, tropezando en nuestros propios equívocos, aprendiendo uno del otro y creando una historia común que se convierte en historia personal una vez que la contamos o la escribimos. D., además, tomó fotos, más de setecientas según me acuerdo. Hizo tomas de video hasta acumular unas diez horas, y en ese acto me observó a mí pero creo que se observó sobre todo a sí mismo. Usó la cámara de video para inventarse un personaje llamado D. que viajaba por el sur de Estados Unidos hacia la costa Oeste. Yo no he visto todo ese material. Por el momento es una especie de masa informe almacenada en un puñado de cintas de video digital, a la espera de solucionar un problema con la computadora donde vamos a editar el material. ¿Podría decirse entonces que D., el de las imágenes, es realmente un personaje? ¿O quizás se necesita primero descartar lo fallido, luego lo superfluo—aunque nos guste—lo que no consideramos eficaz para un proyecto creativo? Claro que vuelvo al cliché de la escultura oculta en las entrañas de la piedra, pero con un descubrimiento muy personal: A pesar de ser la misma piedra, la escultura oculta es distinta dependiendo de quien se atreva a romper y descartar piezas de material. Yo no sé qué esperar de tantas horas de video, menos aún de todo el tiempo dedicado a observar a D. Mi intuición me aconseja rescatar unos pocos minutos, algo así como un video clip. Así, entre las imágenes de muchos paisajes apiñados como si fueran uno solo, es posible que surja de repente el rostro de un joven. Ese muchacho va a mirar algo que el espectador desconoce, tal vez esa mirada desafíe al espectador a descubrir su propio viaje.

lunes, 8 de junio de 2009

Comida versus nutrientes


Hay libros que uno lee solamente por insistencia de los amigos,  por sus vehementes comentarios, y porque terminan poniéndote un ejemplar en las manos con la advertencia de que muy pronto tendrás que pasar un examen oral sobre forma  y contenido, y que Dios te ayude si no lo aprobás.  Bueno, no todas las recomendaciones son exactamente así, pero hay algunas que asumen formas muy curiosas y hasta extremas.

Quienes me sugirieron “In Defense of Food”,  del periodista Michael Pollan, han decidido llevar a la práctica cuanto puedan para comer mejor.  Ahora en su casa todo es orgánico y ya no sirven el arroz blanco de siempre sino uno al que no se le ha quitado la cascarita, y que aparte de un color oscuro tiene un sabor un poco extraño, no necesariamente a arroz. Ellos también quieren sembrar su propia huerta, utilizando un abono hecho a partir de desperdicios, como recuerdo lo hacía mi abuelo cuando yo era niño.  Han puesto el abono en un pequeño balde que al abrirlo suelta un olor penetrante y muchos insectos, sobre todo moscas. Con mucha más demora va el proyecto de hornear su propio pan, y mientras tanto han dejado de comprar pan empacado mientras que el de panadería—un lujo en los Estados Unidos—pasa por rigurosa inspección.

            Libros como el de Pollan gravitan peligrosamente entre dos categorías,  la del ensayo—una de mis favoritas—y la de autoayuda, la cual considero una de las pestes que mi esnobismo menos puede soportar.  Apoyo mi razonamiento en lo siguiente: 1) Los libros de autoayuda parten del hecho de que todos los fenómenos de la vida y las pasiones humanas pueden ser categorizados y descritos at nauseam, sin espacio para la originalidad o la improvisación; 2)  tienen un substrato ideológico ultraconservador,  pues presumen que existen una normalidad y desvíos de esa normalidad, y por esa razón primero desarrollan un argumento binario normal/anormal y luego le recomiendan a los lectores desesperados cómo “corregir” sus desviaciones;  en otras palabras parten del hecho de que el mundo es como debe ser y las disidencias no son tales sino desajustes individuales (por lo tanto sólo el individuo puede volver al camino ya trazado); 3) diría el filósofo español José A. Marina que para que un libro de autoayuda sea efectivo se requiere fundamentalmente voluntad individual para cambiar, pero a la vez si ya se tiene esa voluntad (por algo la persona está dedicada a la lectura de sus culpas y las alternativas de redención) no hay necesidad de leer tal libro…

            La primera parte de “In Defense of  Food” traza un panorama muy negativo de la industria alimentaria en Los Estados Unidos y sus consecuencias a nivel de la salud.  Pollan hace una propuesta sugestiva en el sentido de que las sociedades modernas han desplazado el concepto de comida por el concepto de alimento.  “Comida” es integral, cada una de las cosas que servimos en la mesa se constituye en un todo con múltiples ventajas y mínimos inconvenientes para nuestro organismo.  Pollan se refiere a los componentes bioquímicos, el misterio de la absorción de la comida por el cuerpo humano...  No olvida—y ese detalle me agrada mucho—que comer significa también un acto social y cultural, con sus tiempos,  sus ritos,  sus significados privados, locales, y al mismo tiempo universales.   Pero la sociedad contemporánea,  principalmente a partir de los setentas, ha perdido el rumbo. Ya se consume comida sino “nutrientes”. En ese sentido, una lechuga deja de ser tal, pierde su unidad,  porque la ciencia de alimentos la ve como un conjunto de componentes que se pueden aislar con objetivos diversos. El más claro de esos propósitos es hacerse de los nutrientes e industrializarlos en productos de consumo masivo, muy baratos, o buscar substitutos que permitan maximizar las ganancias de las empresas.  Pollan discute cómo la industria alimentaria ha cabildeado para que las autoridades de salud emitan normas que rehuyan un lenguaje directo y explícito, de tal forma que la legislación sobre alimentos sea suficientemente vaga  para beneficiar a las empresas.  En conclusión, hemos dejado la comida por los nutrientes.            

En Estados Unidos primero, luego en el mundo, la comida desaparece de las mesas, dando paso a nutrientes agregados industrialmente, a químicos que prometen un efecto principal pero callan (o desconocen) los colaterales.  Pollan hace un interesante análisis del deterioro en términos reales de los índices de salud en EE.UU. o de la falsa relación entre los nutrientes artificiales y el bienestar general de una sociedad. Su análisis es, en muchos sentidos, una deconstrucción del lenguaje del consumo, aunque no lo manifieste explícitamente.  Por otra parte, su libro menciona el efecto económico de las transformaciones en los hábitos de comer, pero evita hacer una crítica fuerte de ese aparato productivo.  Así consigue hacer un rodeo para no ensuciarse las manos con problemas peliagudos pero a la vez deja las cosas en un limbo,  como si la basura que estamos comiendo hoy fuera algo que simplemente ha pasado, independiente de un contexto histórico y político.

            El panorama al final de esta primera parte de “In Defense of Food” es muy desalentador.  Pareciera que los consumidores estamos en un callejón sin salida, pues tanto en el supermercado como en los restaurantes nos acechan productos altamente procesados,  los cuales pueden cancerígenos o dañinos para el corazón u otros órganos. Lo natural cada vez ocupa menos espacio en las góndolas de los supermercados, mientras lo de origen industrial va tomando su lugar.  Hay algunas soluciones parciales, como la comida orgánica—no es perfecta, pero es menos mala—o las cooperativas locales que existen a lo largo del país.  También los mercaditos de productores,  reunidos en los llamados “Farmers Markets”,  o lo que ofrecen comunidades más tradicionales como los amish. Estas alternativas, sin embargo, resultan a insuficientes por razones de costo o porque rompen con la lógica de la “productividad social”.  Pienso como ejemplo en los mercaditos de New Orleans, que abren los martes cuando todos estamos en la oficina, o el caso de los amish, quienes por razones religiosas no trabajan los domingos. 

            Quizás para darle a su libro un final no tan pesimista, Pollan cae en la tentación de ofrecer listas de  soluciones—haga su propia huerta, no coma lo que usted no pueda describir, explicar o entender;  cocine lo que su bisabuela cocinaría.  Se enreda lamentablemente en  los cables de la autoayuda. Algunas de esas salidas son absurdas o a todas luces irrealizables para quienes viven en la ciudad, tienen horarios de trabajo “a lo gringo” o simplemente no pueden permitirse gastar más dinero en alimentos especiales. 

Hay tras las recomendaciones de Pollan un llamado a un cambio cultural, lo cual es costoso y poco factible en el corto o mediano plazo.  Eso sí, uno puede confabularse con sus amigos o familiares para comer mejor, pero a sabiendas de que apenas se puede aliviar un problema que nos excede.  De todas maneras vale la pena intentarlo.

(Este artículo fue originalmente publicado en "Otrolunes" el 8 de junio de 2009)

miércoles, 27 de mayo de 2009

Decir y sentir el adiós

Decir y sentir el adiós

(O una diatriba contra JM Serrat) 

En cierto modo Joan Manuel Serrat ha sido siempre un pesimista, y crecer cantando y adorando sus canciones  pudo haber tenido efectos irreversibles en la psique de personas sensibles como yo, del mismo modo que crecer a la grata sombra de la nueva trova—en especial su vertiente sobre la inminente liberación de América Latina—ha dejado a muchos en un estado de extravío que lleva ya casi dos décadas.

            Vuelvo a escuchar la música de Serrat pero sin síntomas de nostalgia cabrona. En ocasiones sin pensarlo siquiera me descubro canturreando las letras que aprendí a los diez o doce años, cuando Serrat aún tenía el pelo largo, venía a dar conciertos a San José y, según las malas lenguas, se  hartaba de mota con gente de la Universidad de Costa Rica. ¿Qué iban a pensar los camaradas de entonces que ellos mismos eran unos pesimistas redomados aunque creyeran que construían la sociedad del futuro y al hombre nuevo?  ¿Cómo podía un revolucionario de corazón disfrutar a plena luz “Cuando me vaya” o “Vagabundear”?   Sí, sobre todo esas canciones, aunque no las únicas. Letras que hablan de irse sin que la otra persona se entere—“Es hermoso partir sin decir adiós/serena la mirada, firme la voz”—todo sea para preservar una imagen de viajero impenitente, libre a toda costa, aunque la amante abandonada sufra por ese cierre violento de la relación.  La amante se despierta o llega a casa y se encuentra un vacío que le inmovilizará—“Y ese día, dulce melancolía/has de arrugarte junto al hogar/sin una astilla para quemar/cuando me vaya”—o se pondrá en camino a buscar ese macho que no está dispuesto a volver. En el peor de los casos, dígase “Penélope”, el abandono pasará a ser espera y después locura. Claro que hay excepciones que confirman la regla.  La más evidente es Curro el Palmo, del romance de igual título.  Pero recordemos que Currito es enano y quizás contrahecho,  que supuestamente “se leyó enterito a Don Marcial Lafuente [Estefania]”,  lo que pone en crisis la lógica de la temprana muerte a causa del mal de amor,  pues como todo el mundo bien sabe Don Marcial Lafuente publicó más de tres mil novelitas del oeste en 64 años de admirable labor.  Además, Merceditas es un poquito casco suelto y se va con otro que la pueda mantener y complacer mejor, nunca a cumplir sueños de libertad.

            Pero hay algo que personalmente no le perdono a Serrat, y es el hecho de que no le haya cantando al terrible momento en que un adiós se empieza a formar, a ese punto de inflexión en una relación  que la mayoría de los seres humanos no podemos entender de inmediato, y por eso somos incapaces de actuar cuando todavía hay tiempo. ¿Cuántas veces decir “adiós”  queda reducido al trámite final de un proceso de desgaste?  ¿Cuántas veces el “adiós” es un alivio y no esa horrible palabra que Serrat procuraba no mencionar a sus amantes?  Ahora que llevo varias semanas diciendo adiós, que he empezado a poner en cajas lo que queda de mí después de años de construir un mundo y una forma de vivir—incompleta, inmerecida, pero una forma de vivir al fin y al cabo.  En este momento, demasiado tarde para lo esencial, busco esa canción que me acompañe entre el desorden de cajas, bolsas apretadas de basura y de recuerdos que a partir de ahora voy a negar.  Busco y busco,  canto a solas y le pregunto a mi memoria, pero solamente se presentan soluciones parciales, imperfectas, que me dejan incómodo y sediento.

            Y por eso te hago reclamo público, querido y viejo Serrat, porque finalmente me debés una.