sábado, 22 de noviembre de 2008

El español como eje


Sí, yo también he comprado un  ejemplar de La enciclopedia del español en Estados Unidos. Voy leyendo el libro poco a poco,  no sólo por una cuestión de volumen sino porque la obra gravita entre los datos duros y el ensayo más personal.  Por otra parte he empezado a leer por la parte que más me interesa:  la producción literaria y editorial.  El viernes 28 de noviembre,  Eduardo Lago, director del Instituto Cervantes de Nueva York,  publica en El País,  un artículo titulado “Seis tesis sobre el español en los Estados Unidos”.  Si bien comparto su entusiasmo, en parte por fe, en parte por identificación, cultural,  hay algunas reflexiones que me vienen al vuelo:

1. Un dato que sirve de argumento, no solo a Lago sino a otras personas, para apostar por un crecimiento o incluso supremacía del español en el futuro es el crecimiento demográfico de la minoría hispana.  Hablamos de datos censales para sustentar una plataforma cultural. Sin embargo, no he visto hasta el momento ninguna discusión que pruebe efectivamente que existe una relación directa entre idioma y crecimiento poblacional.  Me parece más bien que el idioma, como otras manifestaciones culturales, se beneficia del crecimiento, pero no estoy seguro de que sea el eje como tal. 

2. En el año 2050  Estados Unidos aparentemente será el país con mayor población hispanohablante en el mundo.  No nos podemos referir, sin embargo, a un español universal, unitario, sino a una o varias formas distintas de español, quizás hasta un idioma que no podríamos reconocer nosotros mismos.  Ese español de una décadas futuras no va a ser nuestro español, lo cual no está mal pero me recuerda las luchas –y más que las luchas, la discriminación—que podemos atestiguar ahora entre quienes “supuestamente hablan bien el idioma”  y los otros,  las poblaciones latinas a lo largo y ancho del territorio norteamericano.

Eduardo Lago ve la variación lingüística con entusiasmo, pero esa evolución será problemática para muchos. Ya lo es.

3. Hay una dimensión política que aún está por verse. Los latinos como otredad, los latinos como centro del poder,  hay aquí un elemento de negociación que apenas está cuajando en Estados Unidos.  En algún momento se habló de por qué Barack Obama no había escogido como candidato a vicepresidente ni a Hillary Clinton ni a Bill Richardson.  Una respuesta era que el país no podía lidiar con tanta diversidad, y que  los demócratas debían de algún modo balancear sus fórmula para que el americano medio no se asustara demasiado. 

4. El tema migratorio es parte ineludible de una plena integración de la comunidad en los Estados Unidos. La política vigente sigue creando ciudadanos de segunda clase, tanto en cuanto a derechos como a la visibilidad cultural.  El español aún ahora es visto por amplios sectores como un idioma de clases bajas y para muchos americanos el interés de aprenderlo no es por curiosidad cultural sino por pragmatismo: más clientes, mejores empleos. 

El otro Winter Blues


Para quienes venimos del trópico el invierno del norte tiene poco romanticismo. Para quienes padecemos de depresión la cosa es aún peor, pues a la inestabilidad emocional y física de la enfermedad hay que agregar el efecto del clima, algo de lo que yo personalmente nunca pensé antes de llegar a Maryland. Con los años mi depresión se ha vuelto sobre todo una cadena de reacciones del cuerpo, como que se rebelara, se disgustara y me enviara mensajes a los que no puedo responder.  Entonces aparecen los síntomas: la ansiedad por comer carbohidratos o chocolate, los problemas de memoria y concentración; me enojo fácilmente o me siento aturdido.  Paso días sin comida en la casa y puedo dormir mucho o a deshoras.  El invierno pasado, en lo más crítico,  pasé una temporada de insomnio que se me hizo eterna.  Sucede que el Winter Blues—el bajonazo de energía y esperanzas que acarrean consigo el frío, los días cortos y la luz grisácea—me golpea sin miramientos, se me va metiendo poco a poco en el cuerpo y de repente se manifiesta.  De ahí en adelante vivo entre malestares y periodos de gracia hasta que vuelve la primavera. 

Este año  mi  Winter Blues empezó un poco adelantado, y ya para el día de las elecciones en los Estados Unidos me encontraba un poco enfermo.  Aunque quería mirar los resultados hasta que se declarara un ganador, me fui a la cama cuando a Barack Obama aún le faltaban unos setenta votos electorales para lograr el número mágico de doscientos setenta.  Antes de apagar el televisor hice, sin embargo, un cálculo rápido: “Con los cincuenta y cinco votos de California, más los ocho de Washington, la presidencia está segura”.  Y como todos lo sabemos ahora, así fue.  Esa noche dormí un rato y luego me desperté desorientado.  Puse el televisor,  oí a John McCain aceptar la derrota y a Obama pronunciar su discurso en Grant Park.  Me sentí contento pero la alegría no me duró mucho: la enmienda para prohibir el matrimonio homosexual había ganado en California.  Consultas similares también triunfaron en sitios más conservadores como Florida y Arkansas, pero apenas podía entender lo que había ocurrido en un estado que apenas cinco meses antes había mostrado su cara más progresista, simbolizada en Phyllis Lyon y Del Martin, quienes habían vivido juntas por más de cincuenta años y pudieron casarse al fin cuando ya eran octogenarias.  Lo más paradójico es que en el referéndum de California fue aprobada otra moción, esta vez para garantizarle a los animales de granja mejores condiciones en sus encierros.  Es decir:  se defendieron los derechos de los animales al mismo tiempo que se trajeron abajo los de seres humanos.  Para convencer a los votantes hubo una gran campaña publicitaria basada en el miedo, financiada principalmente por iglesias, y entre ellas la poderosa iglesia mormona.  

Las organizaciones LGBT  tal vez no vieron a tiempo la aberración misma de la consulta:  Se sometía a referéndum un derecho civil de una minoría.  No se dieron cuenta, por ejemplo, de la disparidad en el acceso de recursos entre las organizaciones y los posibles opositores.  Luego no pudieron detener la campaña que iba transformando el asunto de derechos en uno de valores religiosos y luego en amenaza social.  

Y así empezó mi otro Winter Blues, el de la derrota que se mezcla con la victoria y te hace sentir confuso, el de la fe debilitada a pesar del triunfo de la promesa. Y se ha extendido porque más o menos en esos días se publicó en Costa Rica que el Tribunal Supremo de Elecciones autorizó la recolección de firmas para convocar un referéndum sobre tema similar:  la ley uniones civiles.  Y me pongo a pensar de lo que puede ocurrir en un país donde la disparidad de fuerzas es mayor, donde el movimiento LGBT no tiene el mismo nivel de organización, ni los recursos, ni el espacio político del movimiento norteamericano.  

No creo en milagros,  pero sí en la fortaleza del espíritu humano, en su capacidad de seguir adelante, de volver a sus luchas a pesar de los golpes.  En ese sentido, regresa la gente a las calles en California.  En ese mismo sentido, los pasos hasta ahora dados en Costa Rica son fundamentales, y lo que traiga el posible referéndum tendrá un impacto positivo aunque sea en el largo plazo.  

Cuando el Winter Blues cede un poco, me prometo a mí mismo no dejarme vencer, sacar adelante los proyectos, querer a los míos y cuidarlos lo mejor posible, seguir trabajando por un presente mejor, más justo y equitativo para todos. Entonces, como en este momento, me siento ante la computadora y escribo y lucho, y me acuerdo de la frase de Albert Camus que leí en un laberinto en Nueva Orleáns: “En las profundidades del invierno finalmente comprendí que yacía en mí un invencible verano”.

sábado, 1 de noviembre de 2008

La página corregida



Llevo esta página metida en la cabeza por meses, una obsesión a punto de cumplir un año.  Ve con desaliento que no ha quedado clara en el blog, pero ampliar su tamaño sería concederle aún más su ubicua condición de monstruosidad y bendición. 


Esta foto apareció en The New Yorker  del 24 y 31 de diciembre de 2007.  Reproduce un borrador de un cuento de Raymond Carver, originalmente titulado “Beginners”, con las correcciones de su editor, Gordon Lish.  El cuento, según TNY  fue recortado por Lis en una tercera parte e incluso se le cambió el título a “What We Talk About When We Talk About Love”,  el cual cimentó la el prestigio y la fama de Carver como uno de los grandes genios de finales del Siglo XX, y más específicamente como uno de los maestros del cuento.


El artículo va acompañado también por una serie de fragmentos de cartas que Carver le envió a Lish,  como una ilustración de las relaciones de amistad y profesionales entre ambos.  Me quedó la sensación, una vez terminada la lectura, de que Carver había adquirido con Lish una extraña deuda.  En cierto modo,  Lish había descubierto el diamante en bruto,  lo cual es elogiable.  Por otra parte, el Carver que admiramos muchos no es Carver en sentido estricto sino el personaje construido por su editor.  


En los últimos años se ha hablado en algunos medios sobre el papel del editor en los nuevos mercados.  Se menciona, por ejemplo, el trabajo de corrección que se hizo sobre el manuscrito original de La catedral del mar, de Idelfonso Falcones,  hasta convertir la novela de Falcones en el best-seller que ahora es.  Así como el cine ha dejado de ser la obra exclusiva de los directores para convertirse en el proyecto estético-comercial de los productores, la ficción parece recorrer similares caminos. Lish, sin embargo, me desconcierta, porque Carver no es Falcones,  ni un libro como Catedral  tiene la vocación de best-seller de La catedral del mar.   ¿Pero dónde está el límite?  ¿Cómo se negocia y hasta cuánto está dispuesto a ceder un escritor?


Creo, por otra parte, que la falta de buenos editores –lectores privilegiados,  sensibilidades que gozan de cierta distancia con respecto al material escrito– incide en la calidad de la literatura que se publica, por ejemplo, en Costa Rica.  Hay completa libertad, en cierto, pero aparecen también libros sin destilar, libros cuyo proyecto fracasa precisamente porque no  tuvo la oportunidad de pasar la criba de una crítica desde adentro, como objeto de cultura, como  un producto inevitablemente relacionado con un mercado.  


Pero ver la página de Carver con esa enorme equis de parte a parte señala que hay horrores distintos al de la página en blanco.  

domingo, 5 de octubre de 2008

Una crónica del 2004



Babel ya no es lo que solía ser



El verano en Estados tiene su final simbólico a principios de setiembre,  el lunes que se celebra el día del trabajo,  por lo tanto un fin de semana largo y la última escapada de muchas familias antes de que las escuelas estén funcionando formalmente y el calor disminuya.  En New Orleans, esa fecha coincide con Southern Decadence,  el tercer festival gay del país,  una tradición que empezaron unos pocos amigos hace treinta años y que ha ido creciendo hasta convertirse en un negocio nada despreciable.  Siempre es importante mencionar el dinero, porque los $100 millones que se gastan los gays en esos cuatro días de fiesta han servido mucho para la apertura mental de buena parte de las autoridades y los hombres de negocios de la ciudad.  Los últimos dos años, en los que el fundamentalismo cristiano se ha fortalecido y, peor aún, se ha vuelto más agresivo, ha modificado el comportamiento de los asistentes a la fiesta de la decadencia.  Recuerdo mis primeros Decadence  cuando veías parejas afanadas en su amor en plena calle, o a esos chiquillos exhibicionistas,  a quienes les pedías una foto y de inmediato se bajaban los pantalones.  No, ahora, la reunión tiene más de encuentro social –al menos en la superficie–  pues los grupos conservadores tienen cada vez más capacidad de lobby en la ciudad y su misma presencia se ha vuelto más intimidante.  Ya no les basta con plantar una cruz en plena calle,  cantar canciones y autoproclamarse portadores de la Verdad,  sino que llegan en grupo donde están los muchachos y las muchachas y no propagan la palabra sino que la gritan,  la amenazan.

Decadence ha cambiado también porque la sociedad de vigilancia que se ha impuesto desde el año 2001 opera con total eficiencia.  La policía inunda el Barrio Francés, concentrándose curiosamente donde los gays se reúnen.  Con su presencia pretenden proteger la integridad física de todos,  por  cualquier ataque terrorista, pero también vigilan la conducta de los asistentes.  A pesar de la intimidante presencia policial,  me da la impresión que para ellos –los policías– el trabajo no debe ser tan fácil.  Hay delitos muy fáciles de identificar, como por ejemplo orinar contra una pared en la vía pública,  o en general exhibir los genitales fuera de las áreas estrictamente delimitadas,  donde dicha exhibición deja de ser juego y se convierte en falta a la moral.  Pero ahí mismo,  en Bourbon Street,  una de las calles más famosas del mundo,  el recato,  la moralidad  y sus opuestos se entrecruzan constantemente.  Como ejemplo basta mirar la esquina de Bourbon y Orleans.  Hay un disfraz de un cóctel de granada,  que en el extremo de la simplicidad,  no es la fruta sino una granada de guerra,  verde olivo y con detonador en la parte superior.  Tiene una gran sonrisa y unos turistas la están molestando,  se toman fotos  -los policías al otro lado de la calle-  como si tuvieran sexo con ella.  Tal es el nivel de entendimiento que la granada sigue su rutina de supuesta voracidad sexual haciendo actos obscenos con la columna de un edificio.  Junto a ella,  los nuevos salvadores cantan un himno.  No les importa salvar al disfraz de granada,  más bien se afanan mirando -¿quizás lascivamente?-  a algunos hombres que casi desnudos se pasean con su trago debidamente oculto en una bolsa de papel.  Hacen un llamado general a abandonar el pecado, mientras los guardas de los bares los siguen con atención,  pues ya se sabe que los portadores de la fe espantan a los clientes y la lucha por los millones de dólares que se gastan los gays es siempre dura.  

Para sumar un grado más a la confusión,  cruza la esquina un glorioso grupo de travestís.  No se parecen a nadie sino a ell@s mism@s.  ¡Cómo se ha perdido el culto por la verdadera diva!  El problema empieza desde el hecho de que  ahora cualquiera puede ser diva, incluso una rubia sosa como Britney Spears.  Las verdaderas divas han sufrido, se han arrastrado por el lodo,  han visto caer su carrera en los fosos del desprecio;  todo para luego emerger gloriosas a dar testimonio.  La verdadera diva no es la bella mujer de antes sino su recuerdo,  lo que ha quedado luego de vencer la ignominia.  Por eso cantan y las grandes travestís asumen su dolor,  lo ponen en escena,  lo glorifican.   Pero ya no:  ahora el travestismo es un rito privado que se saca a la calle cuando la ocasión lo amerita.  Despojado de intención política, el travesti ocasional se parece a la granada cachonda, a la mujer que muestra las tetas a cambio de beads,  a los leathers en bikini, cuyos breves trapos desaparecen en la frondosidad de sus carnes;  se parece a los policías,  a los que anuncian la condena eterna de la que ellos, por suerte, están exentos.  

Este año de gracia y desgracias, el 2004,  se suman visitantes inesperados.  Hay huracán en Florida y  casi tres millones de personas han salido de sus casas buscando protección mientras las tormentas se abren paso entre árboles, casas y edificios.  Familias enteras han dado con sus huesos en New Orleans y por ello el Barrio Francés parece aún más concurrido.  Y también por esa razón se oye hablar muchísimo español este fin de semana.  Los desplazados del Sur, ahora desplazados también de la península,  unen sus voces a las de los travestidos, los policías,  los profetas que no dan abasto con tanto pecado, el disfraz de granada, yo mismo, que pienso como ellos en dos idiomas y que me siento escindido aunque pleno en mi desintegración. Voy caminando entre tantas voces,  el ruido que hacen los caballos de la policía,  las mulas de los carruajes de turismo, la música zydeco con su washboard y su acordeón,  el jazz que viene de un bar, el rock que tocan en plena calle... yo vengo a sentirme deseado,  a verme en los hombres y las mujeres que se abrazan.  No es un mal plan,  sobre todo cuando la movilidad laboral y cultural de Estados Unidos se ha llevado a mis amigos a otra parte,  y desde hace tiempo no tengo un amante que me haga crecer.  He llegado hasta acá para confundirme con las lenguas.   Creo que ya casi me he disuelto en los sonidos cuando oigo un bisbiseo que me obliga a voltear.  Plantado entre el tumulto brilla un hombre que me sonríe y me invita. Tal vez ha sido Dios, en apoyo o venganza de quienes nos señalan como pecadores, quien lo ha puesto ahí.  Yo le correspondo y me olvido de todo, incluso de que al día siguiente empezará en la ciudad una magna convención de iglesias protestantes.  Hasta un momento antes,  me sentía seguro de estar ahí cuando todos colapsaran.  Ahora no sé, las dimensiones de la realidad se han reducido al espacio donde me espera el desconocido.  El último mensaje del mundo exterior aparece en la camiseta de un tipo se nos cruza. Dice: “Jesus, protect me from your followers”.


New Orleans, 6 de setiembre de 2004.

sábado, 4 de octubre de 2008

Breve carta sobre tomates, Palin y literatura


Querida T.:


Me alegra muchísimo saber que tu huerta te anima e ilusiona. Simbólicamente tiene gran sentido,  pues mientras los regímenes políticos se corrompen y los países se transforman para lo peor, al menos nos queda el delicado balance de la naturaleza, la verdad de los chiles y los tomates que crecen y no el vértigo de la siguiente "gran aventura" de la humanidad.  A veces parece que se cumple una y otra vez la anécdota de aquel político mexicano que dijo en un discurso: "Estábamos al borde del abismo,  y dimos un decisivo paso adelante".


Quizás por no tener huerta mi respiro y consuelo sigue siendo la literatura, y en menor medida las pequeñas tareas para ayudar a alguien aquí o allá.  Este país se viene abajo arropado en su arrogancia y me parece que la gente de a pie, aunque ya sienta que hay muchas cosas insostenibles,  no tiene los medios para saber que tiene los medios de cambio a su alcance. Está muy arraigada la idea de que las cosas le afectan a otros y que uno mismo por definición siempre va a estar mejor, lo que quiere decir básicamente el acceso a bienes materiales.  Estados Unidos sigue siendo una sociedad sedienta de novedades y el fenómeno Sarah Palin así lo demuestra. ¿Quién más que ella para mostrar todo por lo que no se ha luchado en los últimos cuarenta años?  Palin es para mí el ejemplo claro de la banalización de las luchas y la absorción de la disidencia por los grandes poderes.


Con respecto a tus teorías sobre el lector, me recuerdan un poco lo que se llamaba la teoría de la recepción.  Me parece que tal lector creativo –al extremo de la página en blanco– no existe y que quizás lo más cercano a tus ideas sea, precisamente, el crítico literario.  En mi caso yo no me considero tal.  Me veo más bien como un diletante muy curioso por cosas de la cultura, un espacio en el que caben muchas expresiones y formas de ver la vida. Me interesan las conexiones entre artefactos culturales o procesos culturales y los entornos sociales, políticos y económicos, y miro con bastante desconfianza esas categorizaciones entre bueno y malo que se hacen a pulsos de poder. Creo que la crítica cultural (o incluso literaria) adquiere valor en cuanto a reflexión, y por ello mismo en cuanto a juego de ideas.  Es un mundo cerrado, eso sí, pero al menos es una forma de relato alternativo de la realidad, en muchos aspectos fuera de la retórica de la productividad, el éxito material y el consumo.


Seguimos conversando


Abrazos


domingo, 28 de septiembre de 2008

Solás solo en Sanjosé


La muerte de  Humberto Solás, director cubano, me produjo una serie de recuerdos confusos.  Los primeros años de la década de los noventa fueron importantes para mí en cuanto a exploración de muchas cosas.  A la distancia, sin embargo, fue también una época de gran oscuridad, pues pasé cocinando a fuego lento lo que en algún momento se convirtió en la crisis depresiva más profunda de mi vida.



No puedo precisar de dónde vino la iniciativa, pero desde finales de los ochentas empezaron a visitar Costa Rica personas relacionadas

 con la ind

ustria del cine.  Yo, que siempre quise dedicarme al cine, encontré en esas visitas una válvula de escape. Jamás hice verdadera amistad con nadie, ni los guionistas, ni los editores, ni los directores, pero aprendí mucho y empecé a creer que tal vez algún día finalmente podría hacer mi película.



Solás fue parte de ese grupo de celebridades.  Vino a Costa Rica a impartir unos talleres de dirección y yo por supuesto me inscribí como lo había hecho en cuanto curso se ofrecía.  La relación entre él y yo no rozó siquiera los límites de la cordialidad. Fue de mucha distancia, de mucho rechazo, aunque nunca supe por qué.  A mí me llamaba “El señor” y no recuerdo un solo gesto de simpatía de su parte.  En aquellas épocas caerle bien a la gente era importante para mí,  por lo que la actitud de Solás me desconsolaba bastante.  Además sentía culpa porque jamás había podido ver su obra maestra “Lucía”.   Sí conocía otras de sus películas, pero “Lucía” no soportaba verla.  En ocasión de su visita se organizó una proyección especial del filme en la Sala Garbo y otra vez, a los pocos minutos, sentí que el mundo se movía vertiginosamente a mi alrededor y salí de la sala de proyección a punto de vomitar. ¿Rechazo profundo a Solás, a quienes llamaban “Visconti” y a él le gustaba?   Años después me di cuenta que la razón era más pueril: padezco de vértigo visual,  por lo que esas películas cuya imagen es muy ines

table, filmadas usualmente con cámara al hombro, me marean al punto de ponerme a sudar frío y de hacerme casi perder el sentido.  


La cosa se puso peor cuando Solás se quejó del hotel donde estaba alojado.  Una de las personas que lo trajo a Costa Rica era amigo de una muy buena amiga mía, Ana Graciela.  Por esa cadena de relaciones Anita había conocido a Solás y parece que los dos congeniaron muy bien.  Luego se dio la circunstancia de que Anita viajaba a Miami a comprar ropa para su negocio de contrabando hormiga y su amigo le pidió permiso para que Solás se mudara a su apartamento.  Así Visconti esta ría en un lugar que le agradaba —había percibido de inmediato lo que tocaba Anita

—podría avanzar en algunos proyectos y estaría solo.   Lo malo es que mi amiga estaba preocupada por dejar desatendido a tan magnífico invitado y me pidió ayuda:  quería que estuviera al tanto de Solás, y a él mismo le hizo la indicación de recurrir a mí como una persona de absoluta confianza. Visconti, sin embargo, jamás me buscó, y aunque Anita me había pedido que “le diera una vueltita” de cuando en cuando,  yo no pasé de llegar al portón de la propiedad y dudar por largo tiempo ante el intercomunicador.  Al final siempre me iba.


Una mañana Solás estaba disertando sobre la dirección de actores.  Él era ferviente devoto del método del Actor’s Studio, y creo que se abrumó al darse cuenta de que nadie sabía de qué estaba hablando.  Yo sí conocía el método,  pero por libros, y por supuesto no me animé a decir nada simplemente para no exponerme a otro desaire de Visconti.  Como tarea habíamos leído una escena de “La gaviota”, de Chéjov, y nadie atinaba a hacer bien el ejercicio de práctica:  representar un breve diálogo entre la protagonista y el hombre mayor, perverso y aprovechado, que le proponía verla cuando ambos estuvieran de vuelta en Moscú.  Solás había perdido por completo los estribos, no lograba que nadie internalizara la atmósfera de la escena, nadie parecía capaz de usar su memoria afectiva efectivamente. Ya al final de varios intentos, volvió la vista a quienes quedábamos en el grupo —un tanto asustados para ser honesto—y señalándome con la barbilla dijo: “Usted, señor”.   Llamó a una chica jovencita y nuevamente dio la instrucción:  “Usen la memoria de sus sentimientos, de sus experiencias, y háganlo bien”.  Entonces cerré los ojos por unos instantes y pensé en esa persona de la que estaba enamorado en ese momento. Me metí en el deseo tan grande que me desordenaba y sin casi moverme empecé a decir el diálogo.  La muchacha, muy nerviosa, prácticamente saltaba frente a mí, y mientras yo repetía esas frases que procuraban vencer su resistencia no la veía a ella sino a ese hombre de mis desvelos. Recuerdo que en cierto momento incluso la tomé de un brazo. No era un gesto de amor sino de autoridad. La chica dejó de moverse nerviosamente, me miró a los ojos con los suyos muy abiertos,  me siguió y luego fue mano a mano conmigo hasta terminar el ejercicio juntos.


Lo que me sacó de ese mundo magnífico fue el aplauso de los presentes.  Solás se levantó y empezó a alabar mi trabajo.  Dijo incluso que yo le recordaba un animal salvaje a punto de lanzarse sobre su presa y la muchacha a su vez explicó que yo le producía miedo, que ella trataba de verme directamente a los ojos, pero algo en ellos la asustaba y atraía al mismo tiempo.  Alguien se quejó de que yo no me había movido, que mi expresión corporal había sido nula, pero para Solás era un detalle mínimo, algo de escuela nada más.  


Y aunque de nuevo, a los pocos minutos, Solás volvió a ser indiferente e incluso grosero, algo había cambiado.  Por unos tres minutos fui el actor que desde mi niñez me propuse ser. Fui un personaje de Chéjov y además aprendí algo más sobre el amor, su presencia siempre oportuna y gratificante.  Aunque los recuerdos de aquel entonces sean confusos tengo fresca en la memoria la intensidad de ese deseo.  Y todo eso se lo debo a Humberto Solás, mejor conocido como Visconti. Que en paz descanse.

sábado, 13 de septiembre de 2008

La era del espectáculo


Hacia 1882 el poeta José Martí escribió una crónica sobre una pelea de boxeo que se efectuó en Mississippi, Estados Unidos. A Martí parecía no agradarle este deporte, lo encontraba una bárbara costumbre traída por los inmigrantes irlandeses. ¿Entonces por qué escribir sobre algo que uno no le gusta? Una razón sería que la pelea en sí misma no era lo importante, sino otra cosa, algo que acontecía mientras tanto.  Al leer la crónica uno encuentra que los detalles del combate son menores en comparación con aquellos que se refieren a su impacto social y económico. De un modo u otro todo el país se vio inmerso en las expectativas, las apuestas y la fiesta que precedieron a la pelea. Martí se detiene en descripciones del ambiente, en las “peregrinaciones”  desde varios estados hacia Mississippi,  de lo que se bebía y se comentaba, incluso dedica espacio al comportamiento de las damas, quienes apostaban sus joyas y otros bienes al púgil de su predilección e iban a los combates atraías no por la técnica o la bravura sino por los cuerpos de los deportistas.

Martí nos deja el retrato de un país en el cual el entretenimiento, el circo lo llama algunas veces,  y sobre todo la novedad son formas de interacción social esenciales. Para un país formado en una disciplina de trabajo y de productividad que bordea lo religioso,  nos sugiere Martí, ni siquiera el ocio puede escapar de esa lógica.  Al americano le gusta que lo entretengan, que lo sorprendan, pero no hay fidelidad alguna con la novedad: una vez al alcance de la mano se rompe el encanto y la expectativa se dirige a lo siguiente que ha de venir.  El ocio debe ser productivo, la novedad también.  

Las convenciones políticas son un ejemplo contemporáneo de esa cultura del espectáculo y la novedad.  El partido demócrata reunido en Denver, Colorado, en la semana del 18 de agosto, tenía que vender una imagen de unidad y fuerza para que fuera consumida en masa.  El éxito de la convención  fue medido en números: ¿Cuánta gente podía convocar Barack Obama para su discurso de aceptación?  ¿Cuántos vieron el evento desde su casa? ¿Cuál fue el impacto inmediato en las encuestas de opinión?  Finalmente, el jueves de esa semana Obama no era solamente el candidato presidencial de su partido sino una especie de ídolo pop en la cumbre.  Pero su brillo no duró mucho.

Los republicanos siguieron muy cerca la convención.  Inundaron la programación televisiva con ataques a Obama. Los hubo todos los días con excepción del jueves en el que el candidato demócrata habló ante ochenta mil personas en un estadio y más de treinta y ocho millones lo vieron desde casa. Ya para el viernes el Partido Republicano usó su propia carta de novedad:  la gobernadora de Alaska Sarah Palin.  Hasta dos días antes, uno de los argumentos más fuertes contra Obama era su falta de experiencia.  A partir de ese viernes ya no se dijo nada al respecto, y ante la pregunta de algún periodista, el mantra  oficial era que los gobernadores cubrían una serie de áreas de decisión de las que poco se sabe, pero que les permite, aún con solamente un par de años en el cargo, tener los conocimientos necesarios para liderar el país.  Las primera imágenes de Palin la mostraban haciendo prácticas de tiro, la describían como cristiana y madre de familia.  La maquinaria republicana se aprestó a cerrar portillos, atenida a la mala memoria de una cultura de la novedad: lo que sirvió para atacar a Hillary Clinton en las primarias, debe servir ahora para defender a Palin; los atributos de Obama que fueron ampliamente combatidos ahora se revierten y los encarna Palin, que es mujer pero mujer blanca.   

Como espectáculo mediático la candidatura de la gobernadora de  Alaska ya sido un éxito.  Las reuniones políticas del candidato McCain ya no son de pequeños grupos sino de miles,  la vicepresidencia ha dejado de ser un puesto accesorio para volverse central, el eterno problema de raza de Estados Unidos puede ahora encontrar una vía de escape en esta mujer.  Hasta han aparecido una muñequitas tipo “Barbie” de Sarah Palin. Pero la imagen no significa necesariamente sustancia, y aún está por verse lo que hay detrás de esta desconocida.  Mientras tanto, los demócratas, si quieren ganar, deben resolver su propio problema de novedades. Con las elecciones a dos meses de distancia las opciones no parecen ser muchas, pero lo cierto es que lo  novedoso a veces envejece en una semana. Y pensar que José Martí ya lo intuyó hace cosa de un siglo.