domingo, 22 de febrero de 2009

Comisión de la verdad en Estados Unidos

El sábado 19 de febrero de 2009 apareció en “El país” un artículo de opinión de Jorge Castañeda, excanciller mexicano y ahora profesor en New York University.  Sus ideas me interesaron y le escribí al señor Castañeda las reflexiones que siguen.  Muy amablemente, él me contestó casi de inmediato… 


Estimado Prof. Catañeda:


Le escribe Uriel Quesada, un escritor costarricense residente en Baltimore y profesor en un college de la zona. Acabo de leer su artículo "Comisión de la verdad en Estados Unidos" y no he podido dejar de escribirle. Me parece una reflexión muy importante en lo que atañe a EUA y también a los procesos de reconciliación en América Latina. Concuerdo con usted en la necesidad de abocarse a una catarsis histórica, y al efecto negativo de pretender ignorar las heridas o enfrentarlas de forma incompleta como en el caso de México.  


Me parece que de su reflexión se derivan otros temas significativos.  En primer lugar, el costo político inmediato.  Si bien la administración Obama se refiere a “mirar adelante”,  esa misma declaración encierra una estrategia de corto plazo:  el apoyo a las acciones urgentes ante la crisis económica global.  Obama, me parece, está “tanteando las aguas” en términos de mantener un imagen de bipartidismo en estos momentos críticos.  La línea dura republicana, sin embargo, ya ha mostrado una actitud eminentemente ideológica a pesar de los cortejos del presidente.  Ese rompimiento, esa imposibilidad de consensos, puede ser el espacio apropiado para que avance una iniciativa demócrata sobre los crímenes.  Por otra parte, incluso cuando se trate de reducir la atención al tema estrictamente económico, va a ser imposible ignorar el pasado—al menos los últimos veinte años—lo cual llevaría a una discusión ideológica amplia, y aun examen de acciones concretas y responsabilidades. Esa discusión sería a lo interno de la sociedad norteamericana, algo también significativo.


Otro asunto que quisiera esbozar es el hecho de que los temas que usted plantea afectan en gran medida a la comunidad internacional.  Al contrario de México, Chile o El Salvador, hasta donde sabemos sobre las torturas o lo vuelos secretos fueron “otros” las víctimas, no ciudadanos de Estados Unidos.  Desafortunadamente, eso abre un nuevo frente en términos de la actitud del americano medio hacia la idea de una responsabilidad ante el mundo.  Me parece que los norteamericanos son muy activos cuando se sienten dañados en su cotidianeidad, pero pueden ser muy fríos cuando la víctima no puede identificarse como americana, y más compleja aún es su reacción si esa víctima podría ser eventualmente un enemigo del país. La deuda es entonces con la comunidad internacional, con la confianza de otros países hacia EE.UU. y con el sistema de alianzas americano.  Por ahora se vive una luna de miel, pero tarde o temprano puede darse la necesidad de examinar esas políticas y las responsabilidades individuales a la luz de la escena internacional.


Algo que admiro de la sociedad americana es su capacidad de generar voces alternativas y de crear espacios para la reflexión sobre el país y sus realidades.  En su artículo usted apuesta por el espacio político al más alto nivel,  pero en Estados Unidos ese juicio y esas demandas de aclaración pueden venir también de otras esferas, tanto intelectuales—un buen ejemplo serían las universidades—como de la cultura popular. Como ha ocurrido en América Latina, podemos cifrar mucha esperanza en ello y, al menos en mi caso, estar pendiente de lo que se produce en las esferas no oficiales.


Muchas gracias por su tiempo y su atención


Uriel Quesada 

miércoles, 11 de febrero de 2009

En el limbo posmoderno

El aeropuerto Juan Santamaría, en San José de Costa Rica, ha estado en obras por años, y no hay visos de que se concluyan en un plazo razonable. Cuando uno llega al país, una vez hechos los trámites de migración y aduanas, el primer impacto lo produce un tumulto en la calle.  Uno sale y se ve rodeado de taxistas legales e informales,  personas con cartelitos en busca de zutano o fulano, familias y amigos pendientes de sus seres queridos y hasta malandrines que ofrecen ayuda con el equipaje.  Al momento de irse del país,  las despedidas deben hacerse igualmente en la acera,  pues el salón donde se encuentran los mostradores de las aerolíneas es muy pequeño y los viajeros hacen largas colas en un ambiente que parece de mercado.

Un martes de enero, después de todos lo suplicios que se sufren en nombre de la seguridad, pude finalmente sentarme en una sala de abordaje del Juan Santamaría, abrir mi computadora y empezar a escribir.  De vuelta en los Estados Unidos me esperaba una pila de trabajo, y con la disciplina que uno aprende a desarrollar en estas sociedades me decidí a no perder el tiempo y tratar de adelantar lo posible.  Al rato escuché que se anunciaba un retraso de dos horas en el vuelo.  Años atrás tales avisos me causan un estremecimiento, pues hay pocas cosas más vulnerables que la operación de un aeropuerto o de una línea aérea.  Primero uno piensa en el motivo del atraso,  rogando con cierto egoísmo que sea algo del clima pues así todos los vuelos saldrán minutos u horas después, sin afectar tanto las conexiones.  Más preocupación causa un desperfecto mecánico.  Al menos en mi imaginación muchas tragedias aéreas empiezan con un retraso por una falla que no logró corregirse adecuadamente.  Ese día, sin embargo,  el motivo fue distinto: la tripulación había arribado tarde la noche anterior y por regulaciones de la industria debía tomar un tiempo extra de descanso.  

Seguí en lo mío hasta oír un segundo anuncio:  los pilotos habían sufrido un accidente de tránsito y el vuelo se cancelaba.  Teníamos que pasar por migración, recoger el equipaje y subir de nuevo al piso donde estaban los mostradores. El delicado equilibrio de los viajes se había roto finalmente.  Yo no traté de correr como lo hicieron algunos pasajeros.  Otras experiencias de aeropuerto me han enseñado que la prisa y la ansiedad no mejoran la situación, pues a partir de ese momento los casi doscientos pasajeros quedaríamos a merced de lo que la aerolínea pudiera ofrecernos.  

Mis maletas aparecieron pronto, y con un vecino de infancia que me reconoció  entre la gente subí a esperar.  Pronto se nos unieron una señor peruana en ruta a India –tenía casa en San José y en un lugar a unas cuatro horas de Nueva Delhi—y dos hombres con aspecto de ejecutivo,  uno costarricense y el otro suizo, que debían estar al día siguiente en Dublín. Mi amigo se dirigía a Barcelona y yo,  con menos glamour, a Baltimore.  La conversación fue muy plácida, cargada de humor, tal vez a sabiendas que íbamos a pasar mucho tiempo en fila antes de que nuestros respectivos problemas se resolvieran.  Las señora peruana nos dio una corta charla sobre medicina alternativa y mencionó varias veces la palabra “destino” como explicación al descalabro de horarios y planes que estábamos sufriendo.  La pareja en ruta a Irlanda estaba relajada, hacía bromas.  Ellos parecían disfrutarse uno al otro como lo hacen quienes han pasado muchas aventuras juntos y se comunican por códigos secretos.  

Luego de unas tres horas de espera llegamos al mostrador de la aerolínea, negociamos alternativas de viaje y salimos a esperar una buseta que nos llevara a un hotel del área,  pues muy pocos podrían salir a sus destinos esa misma tarde.  El hotel en cuestión lo conocía yo desde los años ochenta, cuando trabajaba en una agencia de publicidad cercana.  Por años fue un negocio familiar,  con un lindo bar y precios accesibles para la clase media. Ahora pertenecía a una cadena norteamericana e inevitablemente se sentía la marca de un estilo distinto, eficiente y un tanto impersonal. La cantina, por ejemplo, había desaparecido y sólo los ascensores pequeños e incómodos recordaban el cálido hotel de antaño.   Los pasillos albergaban más habitaciones de las que yo podía recordad, como si se hubieran extendido con el paso del tiempo.  

Ya en mi cuarto puse el televisor mientras era hora de cenar.  Además de estaciones de varios países de América Latina y algunas cadenas de Estados Unidos, podían sintonizarse canales en chino, italiano, francés y alemán.  

Al rato bajé de nuevo a la planta baja.  Evité el  nuevo casino y me fui directamente a comer. Esquina habían levantado una fea estructura donde un restaurante de una cadena norteamericana servía comida grasosa las veinticuatro horas.  Entré con mis vales de comida y me senté a mirar las tiendas, la autopista, los complejos de oficinas al otro lado de la calle.

Fue entonces que me percaté finalmente de la extraña circunstancia en la que me encontraba.  Para mis amigos y familiares yo debía estar en ruta a Estados Unidos.  Para mis conocidos en ese país, yo estaba por llegar en algún momento de ese martes. Nada de eso era cierto.  En cambio comía hamburguesas en un ambiente de clase media americano,  rodeado de gente que conversaba en varios idiomas.  El hotel ya no era lo que mis recuerdos proponían, sino algo a la vez familiar y lejano.  Y por la ventana se veía una Costa Rica con la que ya no compartía los mismos códigos: Autos en un embotellamiento interminable, negocios, muchísima prisa… Un estado de ansiedad que los ventanales del restaurante neutralizaban, pues ningún ruido de afuera invadía el ambiente. 

De algún parlante oculto en el cielo raso bajaba música pop de los ochentas. 

jueves, 29 de enero de 2009

Los huesos de Poe

(Publicado en La Nación el domingo 25 de enero de 2009)


El 19 de enero se celebraron doscientos años del nacimiento de Edgar Allan Poe. Fecha simbólica, aunque por las vísperas pareciera que es más importante la de su muerte, acaecida en el año 1849. Poe murió en la ciudad de Baltimore, donde se encuentra enterrado en un modesto cementerio adyacente a una iglesia. La tumba es un notable lugar de peregrinación—Borges, por ejemplo se retrató ahí—y todo aquel que acuda a las oficinas de turismo de la ciudad puede hallar entre los puntos importantes a visitar la tumba del poeta y narrador. 

De un tiempo acá varias ciudades se están peleando el honor de albergar lo que quede de Poe.  Boston lo reclama por haber nacido allí. Algunos intelectuales del estado de Virginia aseguran que el mejor lugar es Richmond, donde el futuro escritor pasó parte de su niñez y juventud.  New York tiene el argumento más débil, “Aquí fue feliz”,  aunque aún no es claro en qué sentido la felicidad es un criterio para apropiarse de unos huesos viejos.  Un intelectual del área de Pennsylvania ha intentado probar que la mayoría de los cuentos policíacos,  que en español hemos conocido en un volumen tradicionalmente titulado “Historias extraordinarias”,  fueron escritos por Poe en Philadelphia, lo cual la acredita como depositaria indiscutible del cadáver. Esta persona incluso ha argumentado que el clima de crimen generalizado en esa ciudad en el siglo XIX fue fundamental para inspirar esas narraciones que hoy se consideran fundadoras de toda una corriente estética y comercial.  Vaya uno a saber cómo se puede probar el detalle de la inspiración, aunque el razonamiento de los altos índices de delincuencia ha dejado muy mal parada a Philadelphia y le ha dado munición a otros contendientes.  Los curadores del museo Poe en Baltimore, por ejemplo, se han manifestado dispuestos a  ofrecerle a Philly  no el cuerpo de Poe sino el de algunos malandros de baja alcurnia,  entre ellos John  Wilkes Booth, el asesino de Abraham Lincoln.

La apropiación de la figuras culturales importantes—a veces simplemente pintorescas—no es rara en los Estados Unidos.  New Orleans organiza un extenso programa cada abril dedicado a Tennessee Williams,  el cual incluye teatro, conferencias y hasta concursos callejeros.  Si bien parte de la obra de Williams tiene como escenario New Orleans, él no nació ni murió en esa ciudad sino que fue un asiduo visitante, igual que Truman Capote, a quien no se le dedica nada, o Mark Twain, que iba de cuando en cuando a visitar a un amigo en Garden District, cuya mansión hoy los turistas deben atisbar desde la calle y entre las rejas cubiertas de higuera.  La ciudad también celebra a Ignatius Reilly, uno de sus hijos más célebres. El problema es que Ignatius es un personaje de ficción,  el excéntrico y siempre hambriento protagonista de La conjura de los necios.  Las personas se toman fotos junto a su estatua  a las puertas de un edificio en Canal Street, hacen el recorrido de cantinas del personaje, comen los famosos Lucky Dogs y hasta toman cocteles bautizados con su nombre.  Del autor de la novela, John Kennedy Toole, apenas sobrevive una placa en una modesta casa en el área del Black Pearl,  pero llegar a ella requiere voluntad y paciencia, pues muy pocos la tienen presente y menos aún recuerdan su dirección.

Una de las escritoras que hizo del culto a sí misma todo un aparato comercial y cultural fue Anne Rice, quien rescató la tradición erótica de los vampiros y, en general, del mundo de las tinieblas del Sur de Estados Unidos.  Antes de enviudar, convertirse en católica renovaba y finalmente retirarse a una casa en el campo, Rice  poseía una mansión frente a la que todo tipo de persona aguardaba por horas esperando saludarla.  La escritora mandó construir un enorme balcón protegido con ventanales hasta el primer piso donde a veces se le podía ver desde la calle, aunque parecía más una de las sombras de sus libros que una persona de carne y hueso.  Ella también diseñó colecciones de joyería, pero su mejor producto fue Anne Rice en sí misma.  La pasión por los vampiros se fue extendiendo por todo el país. Se  crearon cofradías que organizaban en New Orleans congresos y encuentros de vampiros reales y ficticios, fanáticos de lo oculto y expertos académicos en dichos temas. Estos grupos salían a las calles tarde en la noche,  se colaban en algunos cementerios para asistir a rituales con los espíritus y visitaban sitios relacionados con historias de sangre y sucesos sobrenaturales.  Para rematar los encuentros, Rice ofrecía fabulosas fiestas en alguna de sus muchas propiedades.  La más notable era un antiguo orfanato—de por sí suficientemente tétrico para albergar espíritus sufrientes y leyendas de horrores—cuyas puertas cancel estaban resguardadas por dos ángeles.  Todos los asistentes vestían de negro y quienes se tomaban el asunto verdaderamente en serio incluso parecían seres siniestros.  El antiguo orfanato, luego lugar de encuentro de vampiros, se ha transformado en un condominio de lujo.  Nadie volvió habla de los espíritus que convocaba Anne Rice. 

A pesar de su importancia cultural, las celebraciones de Poe tienden a ser más discretas, menos festivas. Hay actores que lo personifican, algunos actos oficiales, pero pareciera incluso que a tantos años de su muerte sigue siendo un autor de tonalidades grises.  Su obra tuvo gran impacto a partir de la segunda mitad del siglo XIX, pero a partir de 1890 el referente para muchos autores y lectores fue Arthur Conan Doyle y, en general, la escuela de literatura policial inglesa.

Hoy en día no hay un Edgar Allan Poe sino al menos dos.  El primero, el escritor, tiene sus propios círculos de adeptos, quienes escriben serios análisis y se reúnen para discutirlos.  El segundo, el personaje popular, vive del aura de misterio y desgracia de la persona real.  Como tal es un ser cambiante.  Ha inspirado películas,  un viejo y hermoso álbum del grupo de rock progresivo “The Alan Parsons Project”, personajes de novelas y cuentos.  Alguna vez lo dos se cruzan, como cuando Borges posó para hacerse un retrato junto a la tumba en la esquina de Greene con Fayette. También sucedió este 19 de enero, cuando docenas de personas esperaron a la intemperie, con temperaturas bajo cero, para asegurarle a los huesos Poe que no abandonarán su sitio de descanso en Baltimore.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Best of suerte


Dice  Junot Díaz en una entrevista en la televisión latina de Nueva York que su Oscar Wao es una historia sobre la soledad,  de cómo las relaciones con una persona—habría que aclarar que “relaciones” significa no afecto sino sexo—se constituyen en el único momento de liberación de la soledad, ese fukú o maldición con el que nacemos.  Una premisa muy seria para un libro tan gozoso, tan jodedor como se diría en Cuba, tan variado en cuanto a temática y tan libre en su uso de los idiomas y la cultura.  

A Junot Díaz lo había leído como cuentista. Drown es un libro muy conocido y de vez en cuando aparecen cuentos suyos en The New Yorker.  Si mal no recuerdo, Díaz y Daniel Alarcón son los únicos latino writers que publica The New Yorker, pues la otra colaboradora asidua, Alma Guillermoprieto, lo hace con sus reportajes y crónicas, no en la sección de ficciones.  De América Latina, el otro elegido es Roberto Bolaño, de quien se han publicado al menos tres historias. 

Creo que ya es de dominio público que once años separan Drown  de The Brief Wondrous Life of Oscar Wao.  Díaz no da muchas explicaciones sobre ese largo hiato, aunque en términos americanos la razón es simplemente el llamado writer’s block. Recuerdo un ensayo de Anthony Burguess sobre este tema. Burgess decía que solamente los escritores de Estados Unidos sufrían de writer’s block.  Ni siquiera sus colegas de otros países de lengua inglesa pensaban que pasar años sin escribir fuera síntoma de alguna condición anormal. Según Burgess,  el escritor no está obligado a tener siempre algo que decir. Además su obra puede ser muy extensa o muy breve.  Extensa como la de Joyce Carol Oates o breve como la de Salinger.  Pero el writer’s block es un fenómeno directamente relacionado con la productividad. No es en sí algo del arte sino de la industria.  El talento se mide por la calidad, pero una parte importante de la calidad es la capacidad de producir y, por supuesto, de tener éxito.

Díaz se pasó todos esos años enseñando escritura creativa en el MIT.  Es uno de los pocos escritores que he escuchado referirse de manera positiva sobre sus estudiantes. Muchos de los escritores de renombre que enseñan creative writing tienen grandes privilegios, viajan mucho y los muchachos aprenden por ósmosis más que por tener un buen mentor.

Pues Oscar Wao salió al mercado, ha tenido un éxito notable y ahora incluso está traducido al español por Achy Obejas, notable periodista y escritora de origen cubano.  Tarea difícil la traducción de un texto que toma partido de las estructuras lingüísticas de ambos idiomas y cuya mezcla español-inglés demanda un lector bilingüe. Oscar Wao es, en cierto modo, una novela latinoamericana escrita en inglés.  Sus personajes y temáticas me parecieron muy familiares, y aunque gran parte de la trama ocurre en los Estados Unidos,  es muy probable que el lector gringo encuentre el texto exótico, extranjero, como lo serían algunas novelas de Julia Álvarez o de Edwige Danticat. Y aunque el título ironiza sobre el personaje principal,  la novela de Díaz no gira tanto en torno a él sino a la República Dominicana y la diáspora que se origina en la era de Trujillo.  Hay un sustrato de violencia que no cede y un pesimismo que parece anunciar que una vez que se han jodido las cosas no hay vuelta atrás.

Me ha gustado mucho la novela, sobre todo por la forma en que está escrita. Y me parece que podemos aprender de Junot Díaz,  de su humor, de su consciencia de la extranjería y de lo que significa ser inmigrante o hijo de inmigrante no sólo en Estados Unidos sino en la tierra que uno ha dejado.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Lo que le pasa a los otros

Le ha costado mucho a la sociedad americana admitir que lleva tiempo en una crisis económica.   El gobierno  reconoció oficialmente que el país estaba en recesión hace apenas unas semanas, y cuando lo hizo tuvo que admitir que las cosas andaban mal desde el 2007.  El presidente Bush ya no pudo recurrir más a su optimismo,  ni a su fe en los mercados.  Cuando admitió el estado de cosas su discurso se orientó a la eficiencia—estamos tomando las acciones necesarias—y a la fortaleza moral de los ciudadanos, dos abstracciones resultan exitosas dependiendo de quien las enuncie. 

Según parece,  uno de los mayores indicadores del miedo—no prudencia—del americano medio es que ya no consume.  Se puede tener evidencia de ello cuando uno va un domingo al mall y lo encuentra vacío, o cuando llegan en el correo cupones con todo tipo de ofertas.  Pero nadie habla de ello, al menos en los círculos académicos en los que me muevo. No son círculos intelectualmente poderosos, no hay estrellas que dicten cátedra cuando pueden.  El hecho de enseñar en un pequeño college orientado a la enseñanza,  no la investigación, te pone en contacto con otra parte de la clase media americana y de la academia en sí misma. En su mayoría es gente con familia, preocupaba más por sus hijos que por su carrera.  De mis colegas, más de un noventa por ciento vive en pequeñísimos pueblos, fuera de la dinámica cultural y social de los grandes centros urbanos cercanos; son comunidades blancas,  conservadoras aunque de un conservadurismo más moderado, en general sin los extremismos ni las obsesiones y resentimientos históricos que se pueden hallar en el Sur.  Maryland es, además, un estado bastante rico. Su cercanía Washington DC ha permitido el surgimiento de grupos económicamente poderosos, cuyos ingresos provienen de la venta de servicios al gobierno.  

A simple vista, la crisis económica pareciera no estar ahí, o al menos en mi realidad más inmediata.  Por ejemplo, se sabe que hay muchísimas casas para la venta,  pero no sé de nadie que haya perdido su vivienda.  Nadie se ha quedado sin trabajo y aún las cifras de desempeño financiero del college no son desalentadoras. Todo bien, pues todo parece estar en la periferia. O casi.  Mi fondo de retiro ha registrado pérdidas por varios trimestres consecutivos,  quizás no haya aumento de sueldos el próximo año, pero a cambio el precio de la gasolina ha bajado a casi un dólar cincuenta el galón al momento de escribir este ensayo.  ¿Qué más me puede pasar? No tengo hipoteca,  mi carro todavía anda, el saldo de mi tarjeta de crédito es aún manejable…  ¿Será que la crisis sólo le pasa a los demás?  Mi amigo Todd, un enfermero en el servicio de emergencias de un hospital en Seattle, me ha contado que ahora son frecuentes los casos de intento de suicidio por razones financieras.   José, en Washington DC, está preocupado porque las clínicas que dan servicios a las minorías—latinos, enfermos de SIDA—están recortando personal.  A él le han dicho que no se preocupe, pero nunca se sabe… Muchos, si no la mayoría, de los concursos para llenar puestos académicos se ha cerrado por este año lectivo… Pero la realidad, vista en el televisor o la pantalla de la computadora, sigue siendo lejana.  Cuando caigan los grandes fabricantes de autos,  quienes se van a joder estarán en Michigan o en lugares infames desperdigados a lo largo y ancho del país…  Quienes han perdido millones con el fraude perpetrado por Bernad Madoff dan declaraciones desde sus lujosos apartamentos de Manhattan… Los billones de dólares aprobados para rescatar Wall Street  no son una pila de billetes sino una abstracción y como tal se van evaporando sin resultados tangibles… Los analistas que han sido ignorados por mucho tiempo aprovechan sus minutos en primera plana para reivindicar sus ideas, mostrar sus modelos y pronosticar una larga y dolorosa caída.  Hablan de productos financieros altamente riesgosos que no han explotado todavía en pérdidas. Hablan de incertidumbre,  pues nadie sabe a ciencia cierta hasta dónde las interconexiones entre los mercados se van a ver afectadas.  

Saber también está matizado por las luchas ideológicas.  Oxigenar la industria del automóvil pasa por las relaciones con los poderosos sindicatos de GM, Chrysler y Ford.  Dejar que el sistema caiga y se levante por sí mismo pareciera el sueño realizado de los más extremos cultores del neoliberalismo.  La acumulación de productos financieros respaldados por las hipotecas basura no solamente reabre las heridas del proceso de desregulación financiera sino que pone en el centro del conflicto el papel del estado…

Pero todo parece ocurrir en otros mundos, fuera del trajín diario y del silencio en el que escribo estas reflexiones.  Ahora mismo oigo un tren a la distancia y me sorprendo.  Es la primera vez que lo escucho.  Esta madrugada la sirena de una ambulancia (quizás ni siquiera era una ambulancia) me despertó y me mantuvo insomne por un par de horas.  Hay señales,  hay avisos,  pero la inmensidad de lo que está ocurriendo vuelve todo algo abstracto.  Sin embargo poco a poco se materializa y lo hace en fracasos y pérdidas concretas, en personas con nombre y apellido. Y cuando todo se derrumba nadie puede clamar inmunidad.  Uno se inventa la distancia para poder seguir su vida.  Solamente una estrategia para sobrevivir.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Milk


Algo que he descubierto no hace mucho es que las noches extremadamente frías pueden ser muy bellas.  Este siete de diciembre en Baltimore tuvimos un cielo muy azul, con luna creciente,  aparentemente tan baja y brillante que era imposible no tomarse su tiempo para mirarla, respirar el aire con aroma a pino y a madera quemada en chimeneas, y sentirse bien aún cuando las temperaturas estaban muy por debajo de los cero grados centígrados.

Esa noche había juego de futbol americano en la ciudad, por lo tanto era posible que los cines estuvieran vacíos. Mejor,  pues cuando veo películas “serias” me encanta la soledad de las salas de cine.  Por otra parte, cuando el filme es cómico, me parece que estar en medio de un grupo numeroso de gente que reacciona y se divierte hace la experiencia más memorable.

Este fin de semana se estrenó en las grandes ciudades “Milk”,  sobre la vida como activista y político de Harvey Milk,  un newyorkino homosexual transplantado a San Francisco en 1972, quien luego de varios intentos fue resultó elegido concejal de la ciudad.  Milk fue el primer homosexual fuera de clóset en lograr un puesto público por elección popular.  Si bien ese logro es suficiente como figura de referencia para el movimiento gay,  Milk logró una hazaña aún mayor:  conseguir el apoyo de los votantes a nivel del estado de California para vencer en un referéndum una propuesta que pretendía el despido de todo educador homosexual y de quienes lo respaldaran.  Esta historia me hizo recordar lo que sucedió en Cuba a principios de los setentas, cuando el Congreso de Educación y Cultura tomó una decisión similar y se desató un caza de brujas que puso fuera de circulación a gente como Lezama Lima o  Virgilio Piñera.

La película me emocionó mucho.  Gus Van Sant, su director, construye la historia a partir de tomas auténticas de homosexuales arrestados en bares y otros lugares de reunión en New York (lo que llevaría finalmente a las revueltas de Stonewall). La mayoría de los hombres que aparecen en estas tomas ocultan su rostro, e incluso hay uno que ante la insistencia del camarógrafo termina lanzando su trago a la cámara.  Dos aspectos quedan planteados en ese momento:  por una parte la vergüenza de ser expuesto en público como homosexual;  por otro, y más importante aún,  la intromisión en la vida privada del ojo y la autoridad públicas.  Son dos aspectos que aún ahora son vitales en la discusión de las minorías sexuales:  la constante vigilancia y la represión social y legal. Milk, en la breve escena que sucede en New York es como esos hombres del pietaje documental.  En el metro de la ciudad encuentra a un bello muchacho, Scott, al cual conquista y con quien celebra su cumpleaños en la cama.  Hablan de un nuevo ambiente, de un recomenzar y se mudan a San Francisco,  al área de La Castro. Es aquí donde Milk empieza a evolucionar como miembro de una comunidad, pero lo hace rodeado de jóvenes.   Y aquí es donde Van Sant lanza otra propuesta:  El rol de las nuevas generaciones en los cambios.  Si bien Milk  es el mentor y mediador entre los chicos,  son ellos quienes al final de la película aparecen como los líderes.  Las imágenes finales de la película muestran una marcha de miles de personas para honrar a Milk. En contraste con el principio del film, vemos a esas personas en la calle rumbo a la alcaldía de la ciudad. Nadie se oculta, por contrario el deseo es que su presencia se notada.  Además cada uno porta una vela, la cual ilumina los rostros individuales y a la vez permite al director jugar con la idea de multitud,  pues la concurrencia de muchas velas individuales crea una corriente de luz, muestra el poder de la solidaridad.  Scott y Anne, el joven homosexual y la joven lesbiana, se sorprenden al toparse con la multitud.  Ellos están al frente y los manifestantes avanzan y los rodean.  Ambos se conmueven al darse cuenta del poder del legado de Milk. Luego en una sucesión de fotos podemos enterarnos de lo que ocurrió con esos jóvenes, la mayoría líderes de la comunidad gay.

Vayan a ver esta película. Ojalá les conmueva como me conmovió a mí.

domingo, 7 de diciembre de 2008

El viejo héroe


Dickinson College es una prestigiosa universidad en Pennsylvania, a dos horas de Philadelphia, hacia el este, y de Baltimore hacia el sur.  Se dice que es una institución muy cara, que un año en Dickinson cuesta tanto como un año en Harvard, por lo que sus estudiantes son, en general, muchachos de familias adineradas.  Se dice también que el área donde se encuentra,  Carlisle, está muy aislada y es pobre y conservadora. 

Hay toda una cultura de los small colleges,  al menos en esta área de los Estados Unidos llamada Mid Atlantic.  Quienes van a estudiar a estos lugares les gusta estar en un campus pequeño, recibir mucha atención de sus profesores, desarrollarse como futuros profesionales en un ambiente que quizás no encuentran en instituciones de mayor tamaño o en las grandes ciudades.  Por otra parte, la presencia de los padres de familia es más constante y visible.  Hay cierta razón en ello, pues el costo de la educación superior en Estados Unidos es muy alta y las familias terminan pagando fuertes sumas por la educación de sus hijos.  Digamos que los padres cuidan su inversión.

Dickinson College es lo suficientemente poderosa para tener a Mario Vargas Llosa en residencia por dos días.  El miércoles 3 de diciembre se ofrecía una suerte de encuentro con el escritor, así que manejé con mi colega Amy McNichols casi 80 kilómetros para ver a mi viejo héroe.   Fue un viaje por carreteras secundarias, cruzando pequeños pueblos en medio de un paisaje oscurecido por el la proximidad del invierno. Los árboles que usualmente pierden las hojas ya estaban completamente desnudos.  El verde de las coníferas parecía acentuarse con la falta de luz, y muchas casas a la orilla del camino tenían ya la iluminación navideña:  renos plásticos,  lucecitas titilantes, falsos hombres de nieve.  Yo manejaba mientras Amy me iba dirigiendo hacia las salidas correctas y las rutas que debían llevarnos hasta Carlisle; yo pendiente de la carretera y sus proximidades en busca de puntos luminosos en la oscuridad, pues me han contado que así se sabe si hay venados cerca.  Es usual, sobre todo en estas épocas, tener accidentes por causa de los ciervos, que son confiados y torpes, se deslumbran con las luces de los autos y tienden a reaccionar despacio y erráticamente.

Carlisle parecía dos ciudades en una.  En las afueras uno podía decir que regresaba a un lugar ya conocido, uno de esos pueblos que se repiten y se repiten a lo largo del territorio americano.  Sin embargo, conforme nos acercábamos al centro los edificios adquirían más encanto, la iluminación de las calles mejoraba notablemente, aparecían cafecitos, floristerías y el paso de la luz por la humedad suspendida en el aire creaba unos tonos sepia que te hacían pensar en espacios acogedores.

Detrás de la biblioteca se levantaba un auditorio enorme,  donde se llevaría a cabo la presentación. El auditorio  tenía un ingenioso sistema de paneles que permitía dividirlo en áreas más pequeñas, salas más íntimas dentro de la enormidad del edificio.  Ahí estaba Vargas Llosa, sentado a una mesa, con una copa para el agua y dos libros.  Cuando llegamos la actividad ya había comenzado y el escritor comentaba algo sobre el oficio de escribir.  Luego leyó un párrafo en español de “La tía julia y el escribidor” y después mató a la audiencia con la lectura del primer capítulo en su versión inglesa. Era difícil entenderle por su pronunciación, su acento y por la cadencia de su lectura.  Muchos estudiantes se marcharon en cuanto pudieron,  otros se dedicaron a dormitar y una parte muy pequeña de los asistentes reaccionó al texto.  Pero Vargas Llosa hizo su trabajo.  Se mantuvo sereno, cordial. Terminó su lectura y las autoridades le entregaron un diploma que a la distancia parecía más bien un calendario de escritorio. Luego compartió unos minutos con quienes nos quedamos por ahí para saludarlo, tomarnos una foto y lograr un autógrafo. Se acercaron algunos jóvenes latinoamericanos, pero la mayoría de quienes le hicimos rueda éramos viejos lectores, atraídos por un respeto y una admiración también de larga data. Vargas Llosa, todo un profesional, fue amable, contestó preguntas e hizo comentarios, posó para las fotografías.  Me recordó situaciones similares con gente como Carlos Fuentes o  Jorge Edwards, otros dos escritores que saben tratar bien a su público.

Estando allí empecé a evocar con mi amiga otros tiempos.  Le conté de cuando conocí a Vargas Llosa en Costa Rica en los años ochenta, quizás. Le conté de lo importantes que fueron sus libros cuando yo era también muy joven. Después hablamos con otras personas,  todas ancladas en lo que fue, pues en el presente estaban los trabajos, los hijos ya crecidos e irreconocibles, el cansancio de las jornadas y ese ícono llamado Vargas Llosa, muy derecho,  aún atractivo,  intocable en su altura. Pero a la misma vez Vargas Llosa era un escritor que yo ya no leía, un artífice cuyas mejores luces venían apagándose desde los ochentas y cuya literatura ya no me interesaba. Era un hombre que me desconcertaba, pues siendo tan brillante porfiaba en confundir libertad con libertad de empresa, y en defender a capa y espada ideologías que sustentan violencia y grandes desigualdades. 

Ver a Vargas Llosa fue cerrar un capítulo en mi historia personal. Dejar Dickinson esa noche fue despedirme de casi todos mis viejos héroes: García Márquez,  Fuentes… Mientras manejaba de regreso a casa en algún momento pensé en las sabias palabras de mi amiga Eugenia Meza,  quien hace poco me decía que todo en la vida es un relevo.  Lo dijo como parte de una conversación sobre sus hijas, pero también como un aviso en lo personal.  Y ya en mi apartamento, haciendo balance de la experiencia, siento que lo mejor de la noche fue viajar con Amy McNichols. Hablar con ella. Aprender de ella.